En Filadelfia

II

Aunque todo eso empezó a darme un poco igual hace seis años, seis.

Yo estaba de freelance (o periodista que se paga sus vacaciones en un sitio peligroso porque no tiene un duro y puede que lo secuestre Al Qaeda y tras su rescate lo contraten en una tele local por pena) en el Sáhara Occidental. Reuní el dinero suficiente como para asegurarme las papas para unos meses cuando ya la primavera árabe se sabía fracasada. Y Siria era mucho. A unas malas en Marruecos podría traficar con droga. O tomates baratos. O escribir sobre la reconquista de la isla de Perejil. No sé cómo no se le ha ocurrido a nadie usar el islote como escenario para batallas Warhammer y esas fricadas. Puestos a hacer guerras cutres, que no haya que mover barcos sino figuritas. Lo mismo así reconquistaba España incluso Gibraltar.

Pues eso, allí estaba, en mitad de ninguna parte, no sé qué llevaría el té que me dieron los nómadas a los que entrevisté para preguntarles por el conflicto, pero ni siquiera me han robado la cartera. Eran buena gente. Incluso se interesaron por el tema de los desahucios en España. Nómadas pero informados.

Se me acercó un chaval. Al principio pensé que era subsahariano. El estilo de su ropa, sus Air Jordan y que me hablara en un inglés bastante mejorable me indicó que era de EE.UU. No tenía pinta de ser un niño que está perdido en medio del desierto.

Hice un esbozo. Es broma, después dije que me había atracado y éste es el retrato robot.
Hice un esbozo. Es broma, no sé dibujar. Después dije que me había atracado y éste es el retrato robot que hizo la policía.

-Eh, ¿qué hace un niño como tú en un desierto como éste? -le abordé esperando que no pillara una referencia tan rancia y antigua y pensara mal de mí.

-Quiero un cordero de mascota. ¿Me coges uno?

En ese momento un rebaño de ovejas apareció por entre las dunas dirigidas por un pastor inconsciente al que se le morirían las ovejas de hambre y sed. Totalmente desconcertado por la proposición y por la aparición del rebaño le dije que no podía hacer eso. Me indicó que él la cuidaría y la sacaría a que hiciera sus necesidades. Y que nos serviría como alimento si seguíamos perdidos en el desierto. El chaval era listo. Mientras se acercaban las ovejas le pinté el sombrero-boa para ver qué decía. Me respondió que no me preocupara por pintar tan mal, que a las personas mayores no las obligan a pintar como a los niños, que tienen suerte de ello porque a él tampoco le gusta dibujar.

Cogí un cordero y al acercárselo lo miró fijamente, y me miró a mi:

-Ese tiene la mixomatosis. Has debido coger el único cordero del mundo que tiene una enfermedad que afecta exclusivamente a los conejos. Morirá atropellado por un coche al quedarse deslumbrado por sus luces. No quiero que mi mascota muera así.

Cordero1

Le cogí otros dos. Me dijo que el primero era un carnero y que el segundo era demasiado viejo como para que durara mucho y tendría ya la carne correosa para cuando quisiéramos comerlo. El maldito niño tenía razón. Debe afectarme el calor del desierto.

Cordero3Cordero2

Cogí mi cartera e hice un trato con el pastor para comprarle un cordero. Me intentó vender hachís. Tenía un cordero disecado relleno de droga que se movía porque estaba atado a otros tres corderos. Lo necesitaría para lo que me quedaba en el desierto así que le compré tal cantidad que me regaló el cordero. Metido en una caja. Todos contentos.

Cordero4

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