Cuando el río suena, papel de plata lleva

¡Ay, hermanos, cuánto os he añorado! Pero ya he vuelto, tras una semana de continuo estrés, atendiendo a vuestras plegarias como si de un amable sudamericano del 1004 se tratara, vuestro amado Yisus regresa para daros mandanga y de la buena.

Cuatro viejos flipando con mi truco del Gusiluz

En esta ocasión vengo para hablaros de mis cumpleaños. Todo hijo de Dios debe tener un cumple en condiciones: tarta de tres pisos con cobertura de chocolate blanco y negro, bocadillos de nocilla para todos los niños de Nazaret, gorritos, serpentina y matasuegras. Siempre querían darme a elegir entre piñata y bolsa de chuches, porque decía mi padre que la carpintería no daba para las dos cosas. Yo aprovechaba un almuerzo cualquiera, les convertía el agua en vino sin que se dieran cuenta, y me concedían cualquier cosa después de tres vasos. Truquillos.

Cada año, la fiesta era absoluta. Acababa andando sobre el agua de la bañera de mi casa mientras todos me animaban: «Venga Yisus, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal…» Jugábamos a pincharle la cola al burro, que siempre era el tontol’aba de Judas, yo me devolvía la vista y siempre ganaba. Eran los cumpleaños más esperados de todo el Imperio Romano. Pero eso ha cambiado…

Uno envejece, y eso de ser hijo de Dios y de la vida eterna pues pesa. Tus amigos como que se van muriendo, y aunque hagas nuevos colegas, pues no es lo mismo. Ahora mis cumpleaños son una mierda la verdad. La gente pone unas figuritas en sus casas, sin perspectiva histórica ninguna, come turrón, rezan en mi nombre (xD), comen mazapán, comen chocolate, se hartan de gambas y luego siguen comiendo. Pero si hay algo que me repatea son los villancicos.

Poca gente sabe que esas canciones las inventaron los romanos porque nunca les dejaba entrar en mis cumples. Por eso ahora las cantan creyendo que es mi rollo, PERO NO, ME HACEN MUCHO DAÑO. Me recuerdan momentos traumáticos, como un año en el que me fui a una esquina con Juan y Mateo, robamos una tableta de chocolate y otra de hachís, pero los centuriones nos pillaron y empezaron a berrear:

«María, María, ven acá corriendo, que el chocolatillo se lo están comiendo.

María, María, ven acá volando, que el chocolatillo se lo están fumando.»

La de hostias que me llevé ese día. Uno de mis peores cumples, sin duda. En otras ocasiones espiaban a mi madre: «La Virgen se está peinando entre cortina y cortina», o insultaban a mi padre «En el portal de Belén han entrado los ratones y al pobre de San José le han roído los calzones».

Además, todo el mundo sabe, que a mí me va más la música movida, y los villancicos… pues no invitan mucho al perreo. Así que puestos a cantar un villancico, cántenme este:

Supongo, que es lo que tiene cumplir más de 2000 años, que la gente ya no recuerda lo que te gusta y lo que no.

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