A veces, pongo la tele para verla.

Los jueves dormido. Los jueves tremendo. Los jueves extraña e inesperadamente poético. Los jueves me encierro y los viernes de antojo.

No tengo prisa por demostraros que el vaso está siempre medio lleno o que las flores se cuartean siempre en él. Y así se ve la vida desde el anonimato o la muerte (“que me llamen olvido”).

Pero, ¿quién desea un vaso de agua medio lleno? Si nos ahogamos con nuestra propia saliva… Si las palabras suenan hipertrofiadas en nuestra mente y se atascan en la garganta o no pasan de los dientes…

Pero, ¿quién desea flores frescas? Si lo más que hacemos es regalarlas al primer difunto, a la lápida cálida pero inerte, a la muerte. Por eso, no tenemos más que flores sin esperanza, flores cuarteadas, flores olvidadas. Flores nunca escogidas.

Queremos, sin flores y ahogados y calados hasta los huesos de frío, conquistar las ciudades armados de una tremenda paciencia, para demostrar así, que la poesía no ha cantado en vano, como diría aquel comunista que un día recogió un Premio Nobel.

Y es que a veces pongo la tele, incluso para verla. No para que me haga compañía, ni para iluminar la noche. La pongo para verla. No para dormirme o escribir mientras tanto una crítica a la humanidad, ni para sentirme superior al ver a ciertas personas realizando ciertos actos que acarrean ciertas reacciones de ciertas personas que ciertamente no me importan. No la pongo para sentirme uno más, no la pongo por Jordi o por los leones de La Dos, ni por sus moscas. La pongo para verla y encontrar ciertamente que no todo está perdido; no todo está perdido porque a veces se encuentran leves señas de la salvación, personas que afirman no creer en nadie y sin embargo, acabar creyendo “en las cámaras esas”. La pongo para contradecirme, para matar a los libros y que sus autores se sientan ignorados. La pongo para ignorarlos. La pongo para morir de vergüenza y para matarme el insomnio. La pongo porque quiero.

Para la antiutopía. Para ver que cada día y cada vez más, Chesterton hace que los sueños de Wells parezcan sombríos, refutados y aniquilados; lo más importante: invivibles. Pongo la tele y me asombro, descubro que los sueños de aquellos no se han cumplido. Mis sueños son otros (aunque en verano apenas duermo).

A veces pongo la tele y reflexiono (no es una paradoja, es un espejo).

 

PD: El pensar que no tengo sueños, mejor dicho, anhelos, por no dormir, es una hipótesis perfectamente válida. Pero esto intenta ser literatura; me encanta dormir en verano (sabían ustedes que encontrarían mentiras).

 

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