A Nightmare on ENO Street.

El panorama es desolador. Sé que aún corro un gran riesgo estando aquí, pero es mi obligación informar de esta masacre.

Me he desplazado hasta el centro de la catástrofe en cuanto las hogueras se han apagado, aún humean un par de ellas. Esto está lleno de cadáveres desperdigados. Al parecer los perros se han encargado rápidamente de roer los huesos.

Me acerco a ellos en cuanto veo un par de cuerpos que se arrastran hacia la hoguera. Buscan que el calor que aún desprenden los rescoldos les salve de la muerte en la fría noche que se acerca, esperando una intervención divina que los salve. No llegará. Cuando me ven se expresan nerviosos. Me advierten entre frases inconexas que mi vida está en peligro, que huya de «ellas». Los tapo con un mantel de picnic mientras pienso qué puedo hacer. Una ambulancia no podría llegar hasta aquí.

En mi camino hacia la zona cero he cruzado un río por el que bajaban cuerpos humanos extrañamente hinchados. No descartaría el uso de armas químicas, nadie sabe qué está pasando. Tras cruzar el río oigo un gran estruendo. Veo una columna de humo negro y denso elevándose hacia el cielo. Más adelante me encuentro con un pájaro muerto en mitad del camino con restos de una extraña metralla negra. Una segunda explosión me hace echar el cuerpo a tierra y agazaparme junto a un arbusto. Entre tanto una pareja sale corriendo por aquel camino pasando justo a mi lado. Una voz de ultratumba los llama. Debe ser la voz de la bruja de Hansel y Gretel que aún retumbaba desde el horno de la casita de dulces. Aquellos gritos me paralizaron. Un sudor frío caía por mi espalda anunciándome la presencia de La Muerte.

Ahora estaba allí, donde todo parecía haberse iniciado. Miro a las dos personas que había cubierto con el mantel de picnic. No sé si tiemblan de miedo o de frío, pero me basta para saber que aún viven. Debo encontrarle una explicación a todo esto antes de volver a la civilización a contar todo esto. Como si a alguien le importara.

Sigo avanzando entre una marea de restos orgánicos mientras pienso que no debería estar allí. A occidente no le interesa nada de aquello. Miran hacia otro lado. Se regodean de haber nacido en un lugar tranquilo, políticamente correcto y aséptico. Calculo cuántas personas han podido morir. Sobrepasan los dedos de mis manos. Demasiadas.

Continúo mi camino hacia ninguna parte. El movimiento de unas hojas me hacen estar alerta. No es más que una pequeña niña asustada. Tiene la boca sucia y unos grandes ojos negros. La tranquilizo con una sonrisa y me abraza. Le pregunto qué ha pasado. Parece que sólo recuerda haber venido con su familia. Le ofrezco un caramelo y empieza a llorar desconsoladamente. No sé qué he hecho pero tengo que agarrarla por un brazo. Dejarla corriendo por allí sería una irresponsabilidad.

Tengo que marcharme. Me echo a la niña en los hombros y tiro el caramelo que le había ofrecido. Ella respira aliviada.

Al volver sobre mis pasos me acerco de nuevo a los heridos que dejé en el epicentro de aquella matanza. Lo único que atina uno a decir es «las abuelas, las abuelas», justo antes de exhalar por última vez. Diría que ha sido un eruto. Un hilo rojo sale de su boca abierta. Es jugo de sandía. Malditos domingueros.

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