Negación.

¿Cómo puedes vivir de medias verdades?”, preguntó un día el hombre recto. El hombre sencillo nunca respondió. El hombre recto se alejó sin perderlo de vista; el hombre sencillo miró al suelo.

 

El camino era árido y el viento seco. Tres olivos se agolpaban buscando el sol hasta encontrarlo, aunque nunca llegaron a enorgullecerse de ello, a pesar de ser la razón de su existencia, pues sabían que antes otros muchos olivos supieron describir el camino. Las piedras no hablaban mucho, como de costumbre y tres moscas eran tres moscas sin más. No había río ni cascada alguna, y las impotentes gotas de sudor luchaban vanamente contra la asentada barba. Allí no había ni cómo, ni cuándo. Aún menos un porqué. Ya que el hombre sencillo no hacía más que buscar en todo sin saber nada. El hombre recto se mostró recto, para qué más complicaciones. El hombre recto era recto sin duda, y actuaba. El hombre recto, tan recto era, que nunca dudaba. El hombre recto exaltaba sin dudar, la rectitud de la vida que rectamente se escapaba. Y el hombre sencillo miró al suelo, mostrando sus dudas sin pararse a dudarlo (“No es una paradoja, es un espejo”). Entonces, al ver que el camino era árido y el viento seco, una mirada sencilla dirigió al sol. Era tan pequeño y estaba tan lejos…

 

Conocía a muchos hombres rectos que aseguraban que el sol era inmenso. Esos mismos hombres rectos, aseguraban que la distancia al sol era ínfima, y que aquellos hombres sencillos que se atrevieran a negarlo, tendrían que apoyar su teoría con muchos números y viajes imaginarios a través de distancias tan incuantificables, que eran inabarcables.

 

Pero era imposible que hubiera más soles como aquel. Ese era su sol. El sol que espoleaba las gotas de sudor y el que las secaba. El sol por el que competían los olivos y el sol que calentaba la pared de su sencilla habitación cada mañana para despertarlo. No. Imposible. Aquel sol era único.

 

Para cuando se había demostrado a sí mismo que aquel era su sol, un sudor frío y diferente se desprendía por su espalda. Había olvidado mantener la vista en el suelo. Sencillamente, había dejado a un lado el suelo para afirmar, rectamente, que aquel sol de allá arriba era único. Sencillamente había olvidado el suelo que antes miraba, para convertirse en un hombre recto.

 

¿Cómo había vivido de medias verdades?, se preguntó y anduvo todo el camino rectamente, sin perder la vista al sol.

 

PD: En un indeterminado momento, el sol se fue y llegó la noche. No se supo más de aquel hombre recto. Murió con su sol, de eso estoy seguro… ¿O quizá tuvo que reinventarse?

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