La memoria de aquellas puertas

Cierro la puerta, y me dejo llevar por la voz alcohólica de Bunbury, nunca había escuchado a Héroes del silencio, al menos no conscientemente, pero hoy me apetece perderme en la música que no conozco, para así no estar pendiente de cantar la letra; y finalmente empiezo a teclear.

La puerta sigue cerrada, y yo sigo tecleando. Y pienso en las puertas, en todas aquellas que he cerrado, las que he abierto, las que he pasado, y aquellas que he dejado entornadas, incluso en aquellas tras las cuales he intentado escuchar alguna conversación. Y luego, pienso en el significado que han tenido esas puertas, y en general en el sentido y las historias que encierran todas las puertas.

La primera puerta que cruzas es la del paritorio, cuántas nuevas vidas han pasado por esa puerta, ella no recuerda la cara de ninguna, quizás la del último bebé que aún sonrojado y envuelto en una manta acaba de pasar por ella. Así somos las personas: importantes para algunos, y simplemente otra persona más para el resto del mundo y para esa puerta.

Luego entras a tu casa a través de esa puerta, tu puerta, la que conocerás todos sus rallajos y su manía de atrancarse, al igual que ella te conoce a ti. Habrá visto cómo la has abierto rápidamente cuando llegabas contento y en cambio cómo te fallaban misteriosamente las fuerzas cuando estabas triste y no querías entrar a casa sino salir corriendo.

A lo largo de tu vida cruzarás otras muchas puertas, la de tu colegio, instituto, facultad… Algunas te serán agradables como la de tu tienda favorita o la de tu mejor amigo. Otras en cambio las pasarás nervioso e incluso asustado como la del médico o la del despacho del director.

Todas ellas guardan recuerdos tuyos pero ninguna lo hará como la de tu cuarto, ella te ha visto llorar por esa chica, de hecho ha sufrido portazos por su culpa. También te ha visto besar a esa chica, acariciarla, por eso cuándo todo acaba ella no entiende nada, si antes te hacía feliz ¿por qué ahora te hace llorar? Al fin y al cabo es solo una puerta, no puede llegar a comprender los sentimientos de los humanos, ella se limita a sostener tu espalda mientras te dejas caer al suelo cubierto de lágrimas. Esa puerta te ha visto crecer.

Pero no penséis que todas las puertas son igual de afables, algunas encierran oscuros secretos: violaciones, asesinatos, secuestros… Otras esconden gritos ahogados, historias para olvidar como las de las celdas. Y algunas tienen la cuestionable suerte de escuchar el último suspiro de un condenado a la pena de muerte. Otras, en sus bisagras, llevan la carga de haber sellado las cámaras de gas de los campos de concentración nazis.

Y no sólo nosotros evolucionamos, también ellas lo hacen. Ya nadie cruza la puerta de una pirámide si no es para hacer turismo, esto también les pasa a las puertas y arcos de la Alhambra que vivieron tiempos de grandeza, cobijaron la cabeza de los más altos cargos musulmanes, ahora se limitan a ver la coronilla a los turistas chinos que las ciegan con el flash de sus cámaras Nikkon.

Y por último cruzarás la puerta de tu nicho. Pero de esto no te darás cuenta pues estarás muerto, aunque si eres de los que creen en la vida eterna ella será la única que te escuche, cuando nadie más lo haga.

Con esta reflexión me despido: ¿qué pensarían de ti si las puertas hablasen?

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