Seront tous en fête.

1866. Él veía cómo su último aliento se evaporaba y se perdía en la lejanía, delicadamente. Se estaba muriendo delicadamente, en aquel camastro donde durante los meses anteriores lo había alimentado y acariciado; para ella unas caricias meramente profesionales, era un rebelde más. Sin embargo, para él, aquellas caricias fueron la anestesia para un dolor tan inmenso, que hoy era incapaz de recordar.

Ella estaba muriendo delicadamente, sin pensar siquiera en la paradoja o en el infortunio. En las últimas semanas, había pensado en las palabras que le diría, secundadas por una inmensa sonrisa, en el momento en  que le dieran el alta. Ella había pensado mucho en él, creyendo que era algo necesario para ser una buena enfermera. Lo que nunca advirtió, fue que en aquel pabellón de cuidados había 131 hombres más. Había 131: mutilados, quemados, con los huesos quebrados, con la sangre en ebullición por no poder morir donde quisieron. 131: algunos con las vísceras colgando y otros ciegos de metralla. 131, y ella solo quería que él se recuperara. Solo lo quería a él… Vivo. Estaba siendo una buena enfermera, sus padres estarían orgullosos.

Lo que ella no sabía, es que él soñaba con recuperarse y salir gritando en nombre de la libertad, en discutir libremente si aquello había sido el primer golpe de estado del proletariado en nombre del comunismo o si lo había sido en nombre del anarquismo. Ella tampoco sabía, que a ratos le había compuesto una canción a la revolución, al poder del pueblo y al hombre.

Ella tampoco sabía que él la recordaría como imagen de la lucha y del sufrimiento, que sus ojos eran para él la certeza de que lo había dado todo. Sus ojos grises y las leves bolsas que bajo sus párpados inferiores se habían alojado. La imagen del esfuerzo. Un esfuerzo que casi los llevó a conquistar París, a emborrachar la ciudad de alegría y a extasiarla del sentimiento frágil de que por un tiempo, aquel había sido el hogar de los justos.

Eso solo cuando no estaba embargado por el dolor. Un dolor inquebrantable. Como el que sentía ahora, que observaba que la que ocupaba el camastro era ella y que la que moriría sería ella. Intentaba encontrar el más mínimo atisbo de esperanza, aunque fuera en el fondo de su bélico corazón. Pero no tenía la imaginación suficiente para encontrar una mentira lo suficientemente buena como para acabar creyéndola. No había más mentiras. Pensó que el tiempo se acababa. La Comuna se acababa. Todo se acababa.

Entonces recordó. No había nadie con más derecho a escuchar su canción que aquella que le había devuelto la vida. Esa canción que había compuesto en nombre de la valentía de aquellos que florecían ante un horizonte funesto, aquellos que eran capaces de blandir la espada contra la inmensidad de la tiranía, aquellos que hacían de este mundo un mundo por el que luchar.

Entre gritos serenó su espíritu y se acercó lentamente a su mejilla. Besó la cicatriz que surcaba aquella piel curtida y cansada, y se aproximó al oído. Entonces, entonó susurrante: “Quand nous chanterons le temps des cerises…” (Cuando estemos en el tiempo de las cerezas…)

PD: https://www.youtube.com/watch?v=4By8WffJhSU

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