Sinnerman.

Miraba al espejo y solo podía ver un váter. No sabía dónde, pero había escuchado que uno antes de morir veía toda su vida pasar. Y estaba viendo un váter.

No le gustaban los espejos, en ellos podía verse el rostro, aquel rostro demacrado y en exceso delgado y con una barba mínima y… Tan erróneo. Aquel no podía ser su rostro. Ni siquiera conocía el color de sus propios ojos. “Qué orejas más grandes”, pensaba.

Odiaba los espejos, eso lo sabía. Lo que nunca imaginó es que en el momento de su muerte solo vería un váter. Un váter, por el amor de Dios… Y sí, también se preguntaba qué demonios hacía mirando un espejo. Pero lo necesitaba, quería que el corte fuera preciso. Ya había vivido dando pena, no quería que los forenses dijereran entre risas que aquel tío, el flacucho de la cámara seis, sí, el que estaba bajo el que había muerto de angustia, no había sido capaz de cortarse de un tajo la aorta. Tampoco quería que se compadecieran cuando se dieran cuenta de que su torpeza le había costado una muerte dolorosa. No quería más. Ni más compasión ni más ignorancia. No quería más viernes viendo la televisión, ni más jueves escribiendo en aquel blog solitario. No quería las hojas del otoño en soledad ni los escarmientos del alcohol. Aquello no servía.

Tampoco se había dado cuenta, pero mientras odiaba y degeneraba todo su mundo, había movido de forma imperceptible la cuchilla de afeitar que tenía contra el cuello y una pequeñísima gota de sangre se escurrió hasta caer en el lavabo.

En aquel blanco, el rojo parecía inmenso. La gota iba haciendo un carrera mínima y elegante por la curva que la llevaba hasta la rejilla. Tras de sí, había dejado un rastro de hematíes, plaquetas y leucocitos. Había trazado un camino que sus ojos de color inventado seguían rigorosamente, hasta perderse en la lejana oscuridad del desagüe. Nunca había mirado frente a frente aquel abismo. Ni tampoco ahora lo haría por mucho tiempo, pues levantó la mirada y volvió a entender que el espejo era inamovible y que su juicio era inminente. El espejo devolvió su mirada al váter, que transtornado y boquiabierto no había hecho más que callar. Y en un intento desesperado por arrancarse el aliento, le susurró el espejo al oído que no todo el mundo nacía al ser nacido y que el mundo de fuera no estaba ahí para juzgarlo.

Soltó una diminuta y casi seca lágrima, que fue allá a unirse con la gota de sangre. Y vio que sus ojos eran verdes.

 

P.D: So I run to the lord
Please help me lord!
Don’t you see me prayin?
Don’t you see me down here prayin?

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