¡Punch!

“¡No, en el estómago no!” es la inútil súplica de quien siente aún el último bocado parapetado en el esófago, no por mucho tiempo a decir verdad. Basta que me suelten un segundo para que lleguen las arcadas. “Tu digestión ha sido interrumpida” parece que me dice una voz artificial mientras el bolo alimenticio se desintegra en pleno strike. No sé si comienzo a vomitar tras el primer golpe o quizá lo hago cuando el dolor se instala en mi estómago, de todas formas me parece un método de defensa bastante inútil y asqueroso. Sobre todo para mí, que intento no retorcerme de dolor para no hacer un “niña del exorcista” sobre mí mismo. Me sigue ardiendo la garganta como si hubiera bebido alcohol. 96º de orujo con tropezones. Sin embargo vuelven a la carga. Siento que me clavan pinchos metálicos, seguramente recién sacados de la barbacoa, porque me arde la piel y aún le queda aceite. Noto que siguen ahí acosándome, cada vez más cerca. Nunca me ha gustado cerrar los ojos, me parece que si lo hago se apoderarán de mí. Debo resistir.

Sale el sol y me dan una tregua. Sazono mis heridas para que cicatricen antes mientras canto una comanda heavy en falsete debido al dolor. Ese día sólo como una ensalada aderezada con Betadine y limón, una manzana verde verde (viento y rama). Y un sorbo de omeprazol para protegerme de tanto ácido. Pero a la hora de la siesta vuelven los golpes a la barriga y al encogerme comienzan a darme en la cabeza. Decido que mejor sigan dándole al estómago, ya me han trabajado lo suficiente la azotea como para que al día siguiente me espere una resaca que no se quitará con el olor a pollo asado y su vaso de refresco de naranja fresquito. Parece que no me estoy defendiendo pero lucho con las fuerzas que me quedan, incluso me parece que las únicas reservas son de la cena de hace dos días. Quién hubiera pensado en esto y se hubiera traído un plato de espaguetis en forma de barrita energética. Me aplican calor en el estómago y aunque sea agradable sé que eso no es bueno. De hecho al poco comienza a quemarme y me revuelvo para que me hagan a la espalda cual dorada.

De nuevo estoy solo y respiro aliviado. Cojo un vaso y me planto frente al grifo. Esto va a acabar y una albóndiga rueda por el suelo cual planta del desierto y alguien en algún lugar sopla una música del oeste en un botellín de cerveza. Encharco mi estómago. Lo inundo. Si pinchan sabré cuando estoy agujereado. Pero he vencido. Sé que las he ahogado. Tengo hambre y jamás se me ocurriría comer unas gambas que hay en el frigorífico.

En definitiva son como las mariposas que acabo de matar.

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