Yisusito de mi vida, eres niño como yo…

¡Buen día de domingo, hijos de los nachos con queso! He tenido que dejar una semana de barbecho para que os hagáis una idea del cambio que se avecina: hoy, Yisus, se pone sensible. Es así, me ha bajado la regla y de lo único que puedo hablar es de mi corasón latino latiendo por los rizos de aquella moza, de mis pupilas brillando de euforia por verla pasar a mi lado con una mirada pícara y una sonrisa oculta pero conscientemente dañina… y de las sensaciones.

Vuestros padres
Vuestros padres

Estamos hechos en un 75% de agua y el 25% restante son las sensaciones. Estas, al igual que la cotidianeidad, se componen a su vez de pequeños detalles, ínfimos destellos que marcan la diferencia entre un día perfecto y un tormentoso desfile de horas. Sentirte a gusto está bien, es necesario de vez en cuando, pero la diferencia entre estar cómodo y sentir que estás en tu lugar dentro del mundo es tan abismal como insalvable.

La sensación de una buena poesía. Una buena de verdad, de esas que exprimen la magia de las palabras y nos la espolvorea encima cual Campanilla sobre Peter Pan. Esa sensación nunca podrá compararse con la que causa la buena poesía que además te toca el alma, trastoca tus pensamientos y te golpea con tus propios recuerdos. Detalles.

El sabor de una tapa deliciosa, digna de sonrojar a Alberto Chicote, no le llega a la suela de los zapatos a un sabor sublime, que además te transporta, te lleva a aquel bocadillo de nocilla en el recreo de tu colegio, entre sopapos y hormonas revolucionadas. Y sonríes, porque te acaban de alegrar la tarde.

Vivís rodeados de objetos arrojadizos. Todos quieren cazaros para venderos sus productos, sus beneficios… sus sensaciones. Envueltos entre tanto revoloteo infumable, entre tantas medidas, pasos a seguir y reglas que venerar, lo que os queda es sentir. Mis paseos solitarios en Judea me activaban la mente. Yo andaba y andaba con callos en los pies, la frente perlada en sudor y los alerones oliéndome un pelín rancio, para no llegar a ninguna conclusión. A nada, porque yo era el Hijo de Dios, sí, pero un simple hombre. A pesar de mis limitaciones, llegué a entender, que la puesta de sol en completo silencio hace más llevadero el vivir. Que unas Cruzcampo con los colegas nunca hacen daño (siempre que lo hagas con moderación y que Judas no haga un sinpa). Pero sobre todo, aprendí que esta vida es un regalo. Un regalo de mi padre misericordioso y amoroso, pero un regalo enorme al fin y al cabo.

Detalles.

Como rozar tu mano sin querer y tener que suspirar. Sin saber por qué. Sin querer saberlo.

PD: Os prometo que volverá el Yisus dicharachero que todos conocéis a alegraros la fe católica, pero hasta los dioses necesitan desahogarse de vez en cuando. No volverá a pasar… o sí.

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