Sueños

Ella sabía en el fondo que era un sueño, aunque en ese momento no lo pensara. Aunque eran demasiado reales y nunca se cuestionara cómo había llegado hasta ese momento, le había pasado las suficientes noches como para intuirlo. Noche tras noche, esos malditos sueños vívidos y coloridos –demasiado coloridos- la perseguían sin dejarla tranquila.

De nuevo la habitación azul, sentada en la cama. ¿Llorando? ¿Por qué estaba llorando? Se secó las lágrimas y siguió tecleando en el ordenador. Estaba harta de estudiar, ¿es que no se iba a acabar nunca? Un poco enfadada apagó el ordenador y se dio cuenta de que no se oía ningún ruido. En su casa, en esa en la que vivían tantas compañeras que era imposible concentrarse. Se levantó y tocó el pomo de la puerta para abrirla.

La biblioteca. Misma ropa, vaqueros desgastados y camisa azul. Tampoco había nadie, pero no le importó, paseó por todos los pasillos entreteniéndose en tantos libros como quiso, le gustó que no la molestaran. ¿Por qué a la gente no le gustaba el silencio? Lo rompían brutalmente como si les incomodara, incapaces de disfrutarlo. Cerró La sombra del viento en cuanto se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo allí, que probablemente tuviera que hacer algo. Se levantó del suelo y puso el libro en su lugar correspondiente.

La fuente de las Batallas. Demasiada gente. Misma ropa. Cuando se cansó de estar sentada en el banco mirando cómo el agua intentaba inútilmente salir de la cárcel de piedra, echó a andar calle abajo. A los quince minutos había pasado el río y estaba en su parte favorita de Granada. Decidió seguir callejeando hasta que la hora se lo prohibiera. Le gustaba la sensación de pasar entre la gente sin tocar a nadie. Gente a la que no volvería a ver, por la que pasaba inadvertida.

El parque. Misma hora. Demasiada gente. Misma ropa. Se tumbó en el césped e intentó recordar cómo había llegado hasta allí. Respiró hondo y se dio por vencida, no lo recordaba. Probablemente debería estar asustada, pero era incapaz de sentirlo. Lo sabía. Sabía por qué estaba allí. Sabía que no podría desp…

El instituto. ¿Qué hacía allí? Ya lo había dejado atrás el año anterior. Además no había nadie y la puerta estaba cerrada, ¿cómo había entrado? Sin embargo no pudo pensarlo el tiempo suficiente porque alguien le cogió el brazo suavemente, sobresaltándola. Todos los pensamientos se esfumaron, aunque intentó levemente que no lo hicieran. Quería seguir viéndole, quería hablar con él, contarle que daba igual el tiempo o la distancia, que seguía queriéndole. Pero entonces cerró los ojos y sintió que ya no estaba allí.

Habitación azul. Sabía que estaba soñando, que él no era real. Pero le dio igual, se acurrucó junto a él en la cama e intentó tener los ojos abiertos el tiempo suficiente como para memorizar todos los rasgos de su cara dormida una vez más.

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