Un espejo roto.

Y se sintió un bárbaro de repente. No era el paso del tiempo, ni las hojas de cuadros o las rayadas. Ni las rosas marrones ni las espinas. Era una barbarie. Una barbarie de salón y de sofá. Nadie era capaz de detectarla y la trataban de tú. Le daban los buenos días y un par de palmaditas para que eructara. No pedía nunca que le limpiaran los zapatos y hacía la cama cada mañana.
Sin embargo la barbarie nunca quiso ver el ocaso. Le disgustaba tremendamente todo lo que implicaba un final, porque sabía que la consecuencia natural de todo final es un nuevo principio.
A él solo se le acabó la punta del lápiz y de repente se sintió bárbaro. Pero no bárbaro de salón y de sofá. Él solo quería mantener sus necesidades espirituales satisfechas y la barbarie sentadita. Pero ya el espíritu se escapó un poco y el espejo lo miró a los ojos. Tras arrojar el lápiz contra la pared, recapacitó sobre muchas cosas. La primera, que la barbarie tampoco aceptaba el final del carboncillo. La segunda, que sus enemigos no eran ni el espejo, ni el lápiz o el sofá. O los zapatos limpios ni la cama hecha. Lo segundo que quedó patente es que su enemigo estaba más cerca.

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