«Y su juicio es inminente.»

Y a la sombra del junco marinero, le preguntó al arroyo por qué el tiempo se había marchado. El fino cauce de agua no supo en principio de qué hablaba, pero al ver aquellos ojos jóvenes enterrados en la piel arrugada, se paró un instante, con asombro. «¿Por qué se ha marchado el tiempo?», repitió el anciano, y el arroyo humildemente se paró, intentando darle consuelo. Le pidió al viento que esbozara un arrullar en la hierba, para que esta susurrara delicada al oído del viejo, que tiempo aún quedaba mucho. Que tiempo, había para todos. Que el tiempo siempre estaría ahí, que el tiempo siempre sería todo… Que el tiempo siempre sería todo…
Y la hierba y el viento y el arroyo y el mundo y todo, descubrieron que el tiempo se había ido, sí, se había ido irrevocablemente. Porque las arrugas del viejo eran el tiempo que había muerto y sus ojos de joven eran el anhelo del hombre, eso que llamaban pecado original. El pecado original que muchos confundían con la avaricia, la gula o el orgullo. El verdadero pecado original era el anhelo, el hombre que se enmudecía ante la persona amada y la dibujaba en la almohada. El anhelo del niño de ser el héroe, que todo lo transforma y todo lo embellece, cuando las albóndigas estaban en la mesa. El único y original pecado del hombre había sido el anhelo, el anhelo de un viejo que hablaba con un arroyo a la sombra del junco marinero… El anhelo de una piel joven. El anhelo del tiempo.

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