Tinta II

Me despierto, como todos los días. Soy vagamente consciente de qué es lo que tengo que hacer, en qué día vivo o si debo ir a trabajar o no. Soy como un autómata. Los días empiezan a ser más llevaderos sin ti. Evito mirar la papelera, no quiero ver la cantidad de bolas de papel que deber haber descansando ahí dentro. Todas las cosas que he querido decirte, todas escritas y no enviadas. Ninguna estaba a tu altura. Pero no quiero pensar en ello, no durante el día. Decido vestirme y no pensar en nada, como siempre. Estoy descalzo buscando unos calcetines cuando noto que tengo los pies mojados. Cuando miro hacia el suelo veo un líquido oscuro y espeso. Lo toco con el dedo índice para examinar qué es, y cuando lo restriego con el pulgar los dedos se me quedan manchados de tinta azul. Vuelvo a mirar al suelo, pero la mancha ha desaparecido. La tinta en mi mano, sin embargo, sigue ahí.

Intento no darle importancia mientras me restriego la mano con jabón en un absurdo intento por eliminar la mancha. Al final doy por hecho que va a quedarse ahí y termino de vestirme. Al salir se me escapa una breve mirada hacia la papelera y las bolas de papel empiezan a salir disparadas como si fueran palomitas recién hechas. Algunas consiguen tocar el techo. Cada vez hay más y se acercan más a mí, como si quisieran alcanzarme. Reacciono y cierro la puerta de un golpe, pero una de ellas consigue colarse y cae a mis pies. La abro, pero hay más tachones que palabras escritas, y las palabras dudo que puedan llamarse como tal puesto que no se entiende absolutamente nada. Mientras la miro me doy cuenta de que la mancha de tinta en mi mano ha desaparecido. Toco la hoja de papel y me pregunto si estoy más nervioso por las cosas que me estoy imaginando o porque cada vez las veo más normales. Quizás porque aparte de ocupar mis noches empiezas a ocupar mis días también.

Demasiado inmerso en intentar descifrar algo de lo que hay escrito en el folio toco el pomo de la puerta y la abro, olvidando la lluvia de bolas arrugadas. La recuerdo justo cuando miro hacia adentro, maldiciendo cómo puedo ser tan despistado, justo para darme cuenta de que ya no está. Pienso que ya deben estar todas en el suelo pero al mirar hacia abajo han sido reemplazadas por cientos de bolígrafos que crujen bajo mis pies cuando doy un paso hacia el centro de la habitación. Lo siguiente de lo que soy consciente es que se doblan sin hacer daño bajo mi peso cuando caigo sobre el suelo de la habitación y cierro los ojos.

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