Polvo en los recuerdos

Hacía algo menos de un año que no volvía a su piso en el barrio de La Latina. Aquellas calles, que en el pasado le informaban de que ya estaba cerca de casa, ahora lo recibían con el mismo recelo que a un turista perdido con una Nikkon colgando del cuello.

Subió las escaleras hasta la segunda planta de un escondido bloque de pisos, paseando sus manos por cada una de las grietas de la madera de aquella barandilla. Hasta que tocó la fecha y el par de iniciales que había grabado con una llave. Aquellas iniciales que lo perseguían por los callejones de su memoria.

Y llegó a la puerta. La pintura estaba descolorida por el paso del tiempo, y justo enfrente de sus ojos estaba la mirilla, aquella a través de la cual la observaba durante un minuto antes de abrirle la puerta. Esta rutina se repitió durante dos años cuando ella volvía de su trabajo.

Por fin se decidió a entrar en el pequeño apartamento ahora vacío, y al cerrarse la puerta tras su espalda le invadió la misma sensación de quien está atrapado en un parque de atracciones y todo está apagado y desierto. Con una diferencia, allí la única atracción era ella y ahora no estaba ni siquiera apagada. Había desaparecido su olor, su silueta desnuda recortada contra la ventana y su risa, esa risa que sonaba a menta fresca y a juego infantil, esa risa. Y con ese sonido en su mente comenzó a pasear por pasillo.

Pasó por la cocina donde tantas veces habían compartido el desayuno, aún recordaba como sus manos se encontraban en el bote de mermelada y como ella siempre le robaba una galleta, por eso había comenzado a coger una de más sin decir nada, sin quejarse, le gustaba ese juego. Que ella le robara algo era casi una norma no escrita: una galleta, un beso, las palabras…

Entró al cuarto de baño donde no quedaba más que algún trozo de tubería emanando de la pared o del suelo, ya no estaba esa bañera en la que habían pasado tantas horas. Entonces le asaltó a la mente como dibujaba corazones en la espuma acumulada en su espalda, y como bajo el agua ella escondía su particular Atlántida.

Recorrió con la mirada el salón donde antes estaba el sofá en el que se acurrucaban el uno contra el otro en pleno invierno, sin más calor que el de sus cuerpos cubiertos por una pequeña manta de un color marrón oscuro, como el de sus ojos. Esos dos pozos en los que él cada día se tiraba de cabeza, donde se perdía y donde se reflejaba la cara de tonto que ponía cuando la miraba embelesado.

Y finalmente llegó al dormitorio, vacío, ya no estaba ese armario rebosante de sus vestidos de seda, ni ese perchero donde él colgaba su chupa de cuero. Ella la odiaba, pero él la conservaba porque la llevaba puesta cuando le dio el primer beso. El primero de muchos.

Levantó la persiana para que entrara algo más de luz resucitando pequeñas motas de polvo que empezaron a danzar como hadas traviesas. Se sentó en el suelo y comenzó a aplicarse el quinto grado.

¿Cómo había llegado a esto?, ¿por qué la dejó marchar?, ¿por qué no pudo perdonarle aquella infidelidad? Y lo más importante, ¿por qué no había vendido ese maldito nido lleno de recuerdos? Nunca había vuelto a aquel lugar hasta ese día, para descubrir tan solo un vacío lleno de suciedad y telarañas. Entonces escribió algo en el suelo con el dedo, y al mirar la yema ennegrecida pensó que el polvo formaba parte del olvido.

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Si quieres olvidar algo no intentes limpiarlo tan bien que no quede ni una sola huella en tu memoria, deja que, poco a poco, el polvo lo vaya enterrando. Gracias, y hasta la semana que viene.

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