Yisus va al Tíbet

Buenos y dicharacheros días hijos del Imperio Astrohúngaro, bienvenidos a un nuevo episodio de las alocadas andanzas de Yisus. Sé que la mayoría de mis fans son cristianos activos y repletos de fe, por ello sabrán de la existencia de aquellos años de mi vida que se dieron a bien en llamar como ‘años oscuros de Jesucristo‘. Toda mi vida fue documentada por mis apóstoles, y antes de mí había un escriba que contratamos para que estuviera tomando nota hasta de la creación, un tal Jordi Hurtado… Pero nada se sabe de mi vida desde los 12 a los 30 años. Casi dos décadas de silencio, de incertidumbre sobre mi figura, de sombras… que hoy serán reveladas.

Vaya resaca, hermano xD

Vaya resaca, hermano xD

A los doce añitos me regaló mi padre una Vespino to guapa. Impresionaba de esa forma a la Magdalena, a la cual me llevaba al Monte de los Olivos para meternos mano. Refregones hormonales aparte, con mi Vespino comencé a ver mundo, me di cuenta que más allá de Jerusalén se escondían tierras maravillosas y todo tipo de sabidurías. Tras una intensa reflexión me decidí a huir del lugar que me vió nacer, me fui de Oriente Medio, escapé sin ser visto de la noche a la mañana. No fui visto, aunque sí oído, ya que el ruido infernal de mi Vespino no pudo ser camuflado ni con milagros.

Una vez lejos de casa, sin GPS ni gaitas, me guié por mi instinto de Salvador Reshulón y acabé en un paraje inigualable: había llegado al Tíbet. Embelesado ante el paisaje que se alzaba frente a mí, no pude sino darme cuenta del frío que tenía, arrepintiéndome al tiempo de no haber llevado conmigo una rebequita, tal y como me recordaba mi Santa Madre cada vez que salía por la puerta. Una vez subí el Everest con la Vespino, obteniendo un Récord Guinness tan absurdo como indemostrable, me dispuse a conocer a la buena gente que allí moraba. Sí, todos vestían de bombonas de butano y se afeitaban la cocorota, por lo que al principio no creía nada de lo que me hablaban aquellos seres recién salidos de una caduca edición de Humor Amarillo, pero cual fue mi sorpresa al comenzar a escuchar sus teorías sobre la reencarnación.

Toma pedrolo ahí nevao

Toma pedrolo ahí nevao

Atónito me hallé ante tal descubrimiento, y estuve quince años aprendiendo de sus costumbres y hábitos, recorriendo el Himalaya, la India y las más exóticas tierras orientales. Me di cuenta de lo variado que es el bello mundo en el que vivimos, y les gasté una broma a unos hindús, asegurándoles que las vacas eran sagradas. Creo que se me fue de las manos. El caso es que los chinorris vestidos de butano me tomaron como al Hijo de Dios que soy y me agobiaban. Hasta me hicieron grabar mis plantas de los pies en un bloque de cemento, a lo paseo de la fama hollywoodiense. Finalmente, añorando mi hogar y mi pasado, volví a Jerusalén, donde mi aciago destino esperaba su oporunidad para encontrarse conmigo, y dónde me esperaba un buen bocata de Nocilla y, por fin, una rebequita.

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