Ideas

Nunca se había sentido tan solo. Y había tenido razones para sentirse así. Muchas. Desde pequeño había sido una de esas personas que está siempre sola. Y no por propia elección. No al principio, al menos. No había sido cruel, ni mala persona, simplemente no encajaba. Al principio le había dolido más de lo que cualquier niño podría expresar. Después aprendió a vivir con ello y comenzó a ver qué pieza no encajaba. Siempre había sido muy observador, no le había quedado otra. Y así, observando, se dio cuenta de que podía averiguar más de cualquier persona así que con todo lo que te pudiera contar, si sólo observabas bien.

Desde pequeño siempre pensó que lo que lo distinguía de los demás eran sus ideas. Las sentía ahí, en su cabeza, ir de un sitio a otro y no parar hasta que él las sacaba de allí de algún modo. La forma que más le gustó fue escribiendo. Las ideas no le molestaban, siempre habían estado ahí y era a lo que estaba acostumbrado. Es más, le encantaba la sensación de notarlas salir entre sus dedos y tomar forma en el papel. Casi podía verlas. Nunca se las había enseñado a nadie, por supuesto. Además, formaban una parte íntima suya que no quería compartir con nadie. Las ideas habían sustituido cualquier deseo de haber querido entablar una relación con alguien alguna vez. Pasó de que no le importara estar solo a querer estarlo. Seguía observando, lo necesitaba para sus historias. Por supuesto, nunca fue maleducado con nadie, le habían enseñado bien y el resto del mundo tampoco quería acercarse mucho a él, no le fue difícil. Y lo prefería. Por eso, el día que las ideas desaparecieron de su cabeza, sus brazos y sus manos, su pequeño mundo se vino abajo completamente. Esperó, pero ninguna de ellas vino a rescatarlo. Lo único que era capaz de ver ahora eran todas las cosas que ya había escrito, y eso no hacía más que incrementar el vacío que sentía por dentro.

Decidió comenzar a andar y no mirar nunca atrás. Sólo necesitaba mantenerse ocupado. Nadie más volvió a verle. Lo único que encontraron, tiempo después, fueron las estanterías repletas de su letra que había dejado atrás.

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