«…and that will bring everybody down.»

Había una pequeña letrilla escrita elegantemente en la pared que todo el mundo despreciaba. Rezaba que la historia del mundo se había de terminar cantando entre los castaños y los manzanos de los montes, las olas del mar y la tierra de los hombres de barro. La gente que pasaba. Pasaba con las cabezas abajo, las mandíbulas tensas y los dientes afilados. El tiempo les había conquistado los rostros, tenían tremendas arrugas en torno a los labios. No se salvaba ninguno. Un muchacha pasó elegante con un cigarrillo entre el índice y el corazón. Pasó anclada a su móvil por la oreja, extraña su prisión. Y su sombrero, ligeramente tendido a la izquierda, hacía preguntarse a uno mismo el porqué no llevaría libre el pelo rubio al viento, tendido a la espalda y ondulante como el otoño. Y dirigió una mirada a la letrilla, que por un momento levantó la voz en un alto alegro al compás de sus andares. Y ella, como si de verdad supiera lo que todos le rogaban, que fuera libre, que su pelo mantuviera rasante el vuelo, dijo con las voces inconcebibles del tenor, que no tenía tiempo ni de respirar. Y todos le aplaudieron la hazaña, atenuados por el temor de una mirada hechizante que los enamorara.
La mujer del pelo rubio marchó a esconderse tras el claxon de un coche gris, que parado junto al semáforo en rojo, protestaba por el tiempo, porque este pasaba demasiado lento, protestaba porque no sabía disfrutar de aquel bellísimo semáforo rojo. Insolente.
Y el viento sopló. La letrilla le hizo acompañamiento de palmas, y todos se burlaron. Todos insolentes y con la risa boba y los dientes amarillos. Y el pelo engominado, bien sujeto.
Empezó a lloviznar y un señor apareció del portal más pequeño de la calle, el que daba acceso al más ansioso de los edificios, a aquel que quería conquistar el cielo sin dejar de pisar la tierra de este mundo de los hombres de barro. El señor, tan precavido como poco amigo de las novedades, abrió su paraguas. Un paragua de flores que sacó una pequeña sonrisa a la letrilla y que le hizo caldear un poco el ambiente con un tarareo mínimo y suave.
El señor del paraguas de flores siguió por la orilla de la calle arriba, y sin mirar un instante atrás se perdió entre los serios y estirados jardines del parque que había llegando al centro.
La gente seguía despreciando la letrilla y una niña le preguntó a su madre el porqué. La madre le dijo que llegaría tarde a la escuela, que allí ya tendría tiempo de ver pinturas en las paredes. Y la niña, agarrada a la mano de su madre, tornó la vista hacia la acera en la que cantaba la letrilla. Esta le sonrió, apagó las luces y terminó la función.

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