Mediocre

Hoy ha sido un día de mierda, bueno eso es lo que dicen los que me rodean, ¿me rodean?, no, las personas me esquivan, no saben de mi presencia ni quieren saberlo, cuando voy por la calle no soy más que ese charco que han esquivado con un salto torpe o ese perro que se cruza por su camino. Al menos el perro si es mono recibe las miradas de algunas de las muchachas que yo beso mientras sueño despierto, a mí ellas ni siquiera evitan mirarme porque no me ven, como todos.
Como iba diciendo hoy ha sido un día igual que los demás, sin ningún hecho que destacar, a veces me sorprendo deseando que me ocurra alguna desgracia que haga que este día sea distinto. Y es que si los perros se parecen a sus amos, los días se parecen a los que los viven, en mi caso los días son mediocres.

Un triste desayuno compuesto por un café solo de marca blanca y una rebanada de pan algo quemada con un poco de mermelada para darle color, luego me visto de mala gana para ver en el espejo un cuerpo desnudo y del cual no logro enorgullecerme. Tras esto me monto en un autubús lleno de gente y me dejo llevar por el traqueteo y la poca emoción que da cuando toma un curva.
Llego al puesto de trabajo que nunca he querido y que nadie querría, es a lo único que he podido llegar, a ser un funcionario cuyo misión más importante es la de lamerle correctamente el culo a sus superiores, y en ocasiones a sus iguales. Acabo mi jornada laboral con un triste almuerzo de restaurante de menú en el cuerpo. Y vuelvo a mi pequeño piso en un calle umbría en la que en invierno el frío se te mete en los huesos como un okupa junto a su compañera de lucha, la humedad, la cual ha dejado unas manchas oscuras en la pared a modo de pintadas demostrando su anarquía.
Luego tomo un ducha sin cantar, sin tocarme demasiado porque me doy asco, y cuando llega el momento en que el agua pasa de caliente a fría por un rato la dejo caer sobre mi cuerpo a modo de castigo, o para intentar despertarme y tomar conciencia de que estoy vivo.
Luego cojo un paquete de comida precocinada y lo meto en el microondas, me siento a ver algún programa de telebasura hasta que quedo convencido de que el mundo sigue igual. Y finalmente me acuesto en una cama en la que solo quepo yo de mala manera, de todos modos nunca voy a necesitar que sea más grande. Y me quedo dormido mientras repaso lo que he hecho eso día, no vaya a ser que se me olvide el papel rutinario que tengo que llevar a cabo al levantarme.

Y es que yo me sitúo con la comodidad que da el paso de los años en esa franja media y gris, soy un número más, no destaco en nada, no hago nada especial, me limito a vivir mi rutina, como esos zombies 2.0 que pasean por la calle mirando la pantalla de su smartphone esperando a un simple conjunto de píxeles con forma de corazón o de furullito sonriente.

Escribo esto sólo para dejar constancia de la mediocridad, dicen que cuando no puedes con un enemigo te unas a él. Pues bien, puestos a ser mediocres al menos vamos a hacer que eso sea lo suficientemente importante como para dejarlo por escrito. Aunque ni siquiera tengo estilo mientras escribo esto. Me imagino a Pérez-Reverte con una pluma estilográfica dorada rasgando un papel que yo no podría permitirme comprar, mientras alza la cabeza para ver a través de los ventanales un hermoso paísaje labriego. Eso sí que me inspiraría, y no este maldito editor de textos que lo más colorido que tiene es un icono para guardar estas cuatro líneas mal escritas.
Ni siquiera la postura es correcta, estoy más tumbado que sentado en la silla, la cual acumula agujeros producidos por la ceniza de los cigarros que logra llegar a ella, esquivando esta bata marrón y llena de pelotillas. Tampoco sé mecanografía así que me limito a dejar que los dedos golpeen las teclas espasmódicos, como un pez que acaba de ser capturado y se zarandea sobre la arena mientras que el nieto de turno lo toca con una mezcla de recelo y expectación.

Nunca he sabido encajar bien en ningún sitio, por eso he optado, de la manera más esclavista posible, por la soledad de un radiador cubierto de polvo que intenta lamerme con el pobre calor que desprende, tan metálica y tan dispar al calor de los pechos de una dama desnuda sobre tu espalda. Ni siquiera sé arrastrarme detrás de una falda, y lo he intentado con mucho empeño, pero la mediocridad, al contrario de otros defectos como una naríz grande o una barba mal recortada, no le es atractiva a ninguna mujer.

Ser mediocre es algo muy frustrante, no puedes soñar, no puedes aspirar a nada, y la gente que está a tu lado te hace daño, inconscientemente por supuesto. No saben el ardor que te sube desde el estómago a la garganta cuando hacen algo mejor que tú, algo que ni siquiera sabrías empezar a hacer. Es una envidia totalmente insana, desearías poder hacerte invisible y reventarles la cabeza con un martillo de goma. Esto dura un par de segundos hasta que te das cuenta que el problema eres tú, que no das para más, que nunca vas a poder ser lo que de pequeño soñabas.

Ante la pregunta de si el mediocre se hace o se nace, yo puedo afirmar con seguridad empírica lo segundo. Yo era ese niño medio gordito que lo elegían el último para jugar al fútbol, el que aprendió el último a tirar el trompo, y al único que castigaron por levantarle la falda a un niña en el patio del recreo. Este era yo. Ningún deporte se me daba bien, tampoco el dibujo, no tenía ningún talento.
Incluso en mis cumpleaños lloraba, en aquel entonces era una simple pataleta infantil, ahora creo que en mi subconsciente me daba cuenta de que la atención que recibía ese día era simplemente por el hecho de que tal día como ese había salido por una vagina. Osea, que no era por méritos propios. Creo que tardé mucho en salir, ni eso lo hice bien.

Después en la adolescencia más de lo mismo, cinco raspados en el instituto, una cara llena de granos, sesiones continuadas de amor propio y alguna pelea en la que yo siempre era el perdedor. Incluso en la mili me tocó ser el chico de los recados: ni carpintería, ni mecánica, la única habilidad que vieron en mí fue la del servilismo más puro.

Después me preparé unas oposiones intentando autoconvencerme de que eso me daría la posibilidad de ser alguien, que dulce inocencia la mía. Ahora sólo espero el correr de los días hasta llegar a una jubilación solitaria, leyendo un libro de Pérez-Reverte e imaginando haber sido alguien en la vida, como por ejemplo, el capitán Alatriste.

Ya va siendo hora de irse a dormir, a esperar que mañana comience otro día de mierda, o como yo lo llamo, otro día en la vida de un mediocre.

Un comentario sobre “Mediocre

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s