Amor liberal.

La pretendieron con hipotecas, con la letra a diez años de un coche amarillo e incluso con el pago a plazos de un televisor de 42 pulgadas. Los muebles por aquel entonces eran bastante caros, pues algún listo había caído en la cuenta de que podía patentar la tala de árboles, y así lo hizo. Desde ese punto, conseguir lo que tradicionalmente había sido un buen mueble se había convertido en todo un lujo, y en las casas proliferaron una especie de módulos pequeños que hacían funciones de cómoda; eran de plástico. El petróleo se acababa, y por ende, los lugares donde llevar a cabo el cracking se habían reducido considerablemente. El plástico también se encarecía. Todo era mucho más caro, de más baja calidad y más esclavizante. El tiempo que invertían en conseguir el dinero con el que pagar los muebles del hogar, los coches amarillos, los rojos, los rosas… Era cada vez mayor. Todo, todo era esclavizante. Pero ellos no lo sabían.
Un día, llegó un joven correctamente peinado. Llamó a la puerta y preguntó por ella. Salió. Llevaba aquel camisón blanco de las tardes de verano, en las que la floresta era más delicada y solo las flores más selectas no morían de sed. Lo miró como se miran las cosas de ayer; como se mira nuestro reflejo en un lago, sabiendo que somos nosotros en el pasado,que somos nosotros pero nunca más. En él vio todo eso, porque todos los pretendientes que llegaban día a día en hilera conformaban lo que ella era, lo que era en un pasado inmediatamente reciente. Porque con cada nuevo pretendiente, era una mujer nueva.
«Señorita Lissandra»-dijo con un tono claramente ensayado frente a la almohada-«le traigo estos pensamientos de mi jardín.» Por aquel entonces también era extraño encontrar flores efímeras, es decir, naturales. Un día, se empezó a trabajar en el concepto de flor eterna, esto es de plástico. De esta manera también se había contribuido a que las reservas de petróleo se hubieran reducido.
Ella quedó gratamente sorprendida. Pero obviamente, eso no era todo. Se decía que para contentar a la señorita Lissandra hacía falta mucho más que la naturaleza. Era necesario mucho más que el verano, que la primavera y que el otoño. Unos pensamientos no eran suficientes.
«Señorita Lissandra, además le traigo la mensualidad de mi gimnasio. ¿Lo conoce? Es ese que está junto a la licorería de Jacko. Voy a ese gimnasio porque tienen unas cintas colocadas frente a una pintura inmensa de un bosque verde, muy denso. Me encanta correr frente a la pintura, parece que corriera al aire libre.»
Ella arqueó una media sonrisa, le tendió la manó y atrasó un poco la pierna izquierda, dejando que el camisón blanco se abriera un poco por su parte de abajo, ensombreciendo así todos los pensamientos del chico correctamente peinado y encendiendo al rojo los hierros de su fragua.
Al salir de allí, de la casa de Lissandra, se sentó un poco al bordillo de la acera de enfrente. Pasó el siguiente pretendiente. Este, al ver al chico del correcto peinado, reconoció en su semblante lo que había pasado. «¿Y cómo es ella?»-preguntó boquiabierto-.
«Nos tiene a todos en su sino.»

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