Doble nudo en el estómago

Se sentó al lado de aquel hombre y comenzaron a hablar animadamente. Que si vaya día de frío, que si el país cada día peor, los políticos deberían estar aquí, que si sabes cómo quedó el partido anoche… La típica conversación de dos amigos en el bar estaba teniendo lugar en la calle, con el día de frío que era hoy.

Sin embargo, no parecían siquiera conocerse hasta entonces. Yo no pude sino sentarme para escuchar en la mesa del bar más cercana a la puerta, abriendo la ventana ante la cara de estupor y de “menudo estúpido menopáusico” del camarero que me servía un café recién traído del averno, como a mí me gustan. Con la oreja puesta en la conversación de afuera e inventándome lo que no llegaba a entender, oí que el hombre de mayor edad y que había iniciado la conversación preguntaba por la familia del otro. Éste le respondía como quien ha hecho un amigo, como si en su interior hubiera saltado un resorte que le permitiera a su interlocutor preguntar cualquier cosa, que no le guardaría un secreto. Él no fue menos y le preguntó por el nombre y la edad de cada nieto que el anciano sacaba de la cartera. Éste es un bicho pero el niño más cariñoso del mundo. Éste va para futbolista y su hermana para doctora, menudas notas trae, aunque se gasta el genio de su abuela. Aquella cartera tenía miles de gigas en recuerdos, fotos desgastadas, su primera entrada para ver al Granada, una estampita de vete a saber qué virgen que le dio su padrino.

“Qué memoria conserva usted” “Llámeme Juan, buen hombre” “Yo soy Francisco, un placer” “Ah, como mi padre…” Y tras sacar otra foto en blanco y negro, ahora de un joven soldado haciendo la mili se sucedieron las batallitas por ambos bandos, anécdotas entre el carraspear y el frotarse las manos, entre el “Te importa cerrar la ventana” y el “Sí, más que nada de lo que debiera importarme ahora”.

“Pues tres años hace ya que quedé viudo”, “lo siento, pero hay que tirar p’alante, y usted está hecho un chaval, mejor que el rey desde luego” “Ja,ja, ¡y habiendo trabajado más!” “Eso es seguro”, dijo Francisco mirando al suelo.

“Bueno, me voy a por el pan, mucha suerte” “Gracias por todo, Juan, de verdad, me alegra haberle conocido”

Juan siguió su camino diario. Francisco se volvió a sentar en el suelo, frente al cartel que decía que llevaba tres años en paro y con dos hijos a su cargo.

Cerré la ventana y me bebí de un tirón los cafés que había pedido para los tres, diciéndome que si lloraba era poque me había quemado y no por haber presenciado a un anciano dando limosna a un mendigo, quizá para entablar una conversación, como si fuese una triste party-line.

Claro que no es real, desde luego yo no podría tomar cuatro cafés en una mañana y no acabar en una rueda giratoria como las de las ardillas. Lo que sí vi hace poco fue a un anciano darle unas monedas a un señor que pedía en la calle y quedarse a hablar con él. El resto es una exageración a mi juicio asquerosa, por qué no decirlo. Nunca llevamos suelto, la prisa es mayor que la pena, no podríamos dar a todos. Por qué voy a escuchar a ese anciano en el bus, ya he escuchado esa novela antes, abuela. Cada uno tenemos nuestros problemas. Fue sólo otra de las veces en las que algo te golpea, y aprovechas que vas andando con cierta prisa para apretar el paso.

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