En el autobús: Parte I

Hace un frío casi glacial de ese que se mete en los huesos, haciendo que los músculos de la espalda se te contraigan hasta dolerte. Camino distraído mientras espero el autobús que de forma rutinaria me veo obligado a coger de lunes a viernes. Mientras tanto piso alguna de las hojas secas que el otoño se ha dejado tiradas por el suelo.   Son tan frágiles como cualquier ser humano, que si no está a merced del pisotón de un hombrecillo sí que lo está de sus sentimientos. Ya ha llegado el autobús.

Saludo al conductor sin mirarlo a los ojos, es un saludo formal de quien está dejando su vida en sus manos hasta el final del trayecto. Pico y me dispongo a dirigirme hasta el final, lo más cerca de la salida que pueda, cuando la veo a ella.

Me quedo paralizado mirándola desconcertado; no es posible que algo tan excepcional se encuentre en un lugar tan público y vulgar. Está ahí sentada mirando distraída a los coches que nos adelantan. Avanzo torpemente agarrándome a las barras hasta lograr sentarme dos asientos más atrás, mientras intento recuperarme de la impresión.

Es tan delicada, casi frágil, como una bailarina de porcelana al borde de una chimenea, con un piel clara y uniforme, casi de mármol. El cabello castaño oscuro le llega un poco más abajo de los hombros, fino y suave, Sutilmente retira el pelo para dejar al descubierto su pequeña oreja adornada por un pequeño pendiente en forma de bola color café. Después deja apoyada la cara sobre la mano, pensativa. No logro comprender qué milagro de la ingeniería está usando o qué leyes de la física está violando para lograr que esa mano tan pequeña y débil pueda soportar el peso de todas las ideas que deben estar pasando por su cabeza.

Paso todo el trayecto imaginando algo ingenioso que decirle mientras inundo de vaho el cristal, me pregunto qué estará escuchando a través de esos auriculares. Espero que no sea Sabina porque si no me veré obligado a secuestrarla.

Finalmente llega mi parada que por un poderoso capricho del destino es también la suya. Ahora la puedo ver de pie, es algo bajita por suerte, la verdad es que yo parezco un llavero al lado de casi cualquier mujer.                                                                          Viste muy sencillo, con unos vaqueros y Converses y un abrigo beige que le llega a la cintura. No noto que llevo ningún maquillaje, es preciosa, creo que muchos pintores la designarían como su musa personal.

Ha llegado a mi lado, pienso en presentarme, en preguntarle su nombre, en comentar lo loco que está el tiempo últimamente o dormirla con cloroformo para solamente poder disfrutar de esta visión el rato que dure el efecto. Pero únicamente acierto a dejarla pasar antes que yo y decir un “de nada” que sale como un hilito de mi garganta.

Y la veo marchar calle abajo llevándose consigo mil y una historias que yo había imaginado con ella.

 

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s