En el autobús: Parte II

Corrieron los días como gotas en un ventanal, no la volví a ver, pero la recordaba tan bien que pude dibujar su figura a carboncillo en un A3. No era una obsesión ni ningún tipo de enfermedad mental, era un deseo, el anhelo de un miserable por poseer algo perfecto.

Ya había imaginado mil nombres para ella: Carla, Victoria, Libertad, África, Carlota… Ninguno le hacía justicia, todos resultaban absurdos y vacíos al mirar su retrato.

Me volví a montar en el autobús como cada día, y allí estaba mirando de nuevo por la ventana. En esta ocasión llevaba una chaqueta vaquera de un verde oscuro y una camisa beige como sus pantalones, junto con unas botas como de montaña de color verde militar, el pelo recogido en una coleta.

El asiento a su lado estaba vacío, una anciana estaba delante de mí y estuve a punto de hacerle la zancadilla para pasar por encima de ella y sentarme yo. Por suerte se sentó dos filas más atrás y a mí se me había trastabillado el pie. Me senté a su lado.

Ella se apartó un poco para dejarme espacio, eso me alegró ya que significaba que al menos tenía conciencia de mi presencia. Olía a limón y azahar, su perfume era casi sólido, me envolvía por completo y me incitaba a besarle su delicado cuello hasta amoratarlo.

¿Y ahora qué? ¿La saludo o le pregunto qué escucha? ¿Le pido un clinex? ¿Finjo un ataque al corazón y caigo sobre sus piernas?

  • ”Qué triste me ponen los días nublados, es como si alguien más poderoso no quisiera que admirásemos los colores tal y como son.”-dijo.

Me pilló desprevenido, no sabía qué contestar, seguramente sería una chica culta y harta de bravucones sin cerebro, ¿Qué podría decir sin echarlo todo a perder? Finalmente me decidí por ser yo mismo, a la futura mujer de mis ochos hijos no le podía mentir lo más mínimo.

  • “A mí me gusta más el sol.” – menuda frase tan ingeniosa, que imbécil.
  • “Eres un chico de pocas palabras, el otro día un simple ‘de nada’ y hoy esto. Creo que será mejor que escuchemos juntos algo de música, así no te obligaré a articular ninguna palabra más por ahora.”

Bendita suerte, se acordaba de mí. Sonrojado por la imagen tan lamentable que había ofrecido me coloqué el auricular en la oreja:

“Desnuda,

que no habrá diseño que te quede mejor

que el de tu piel ajustada a tu figura.”

Menuda canción más apropiada. Y así llegamos a nuestra parada. Me bajé detrás de ella, en parte por caballerosidad y en parte para poder mirarle el trasero, más bien por la segunda, lo admito. Pero nadie cierra los ojos ante algo así.

  • “¿Te apetecería pasar la tarde conmigo por Granada buscando algo tan bello como tú?”- pregunté sin que pasara por el filtro del sentido común.

  • “Jajaja, claro, te lo has ganado.” – respondió, su risa era fresca y desgarradora, era como un arroyo que desgastaba todos mis órganos.

Y pasamos la tarde por toda Granada: Paseo de los Tristes, Triunfo, Jardines de la Alhambra… Al final me rendí, no había nada igual que ella. Y entonces me besó: dulce, intenso y breve. Y así empezó una historia maravillosa que os dejo que le deis un final, seguro que cualquiera es mejor y duele menos que el real.

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