Des Raben Flug.

Una vez acomodado en el banco de la plaza, procedió a abrir el paquete de pipas. Las comía una a una, acumulando las cáscaras a su lado. Sabía lo que hacía, nada de faltas de respeto hacia los pobres barrenderos. Él siempre fue así, nunca hizo algo por hacer sin antes pararse a pensar en las repercusiones que eso tendría sobre terceros. «Me lo agradeceré a mí mismo, ya que nadie lo hará».

Dedicó la apacible tarde en intentar recordar desde el principio. Quería saber como llegó a estar allí sentado, reflexionando sobre lo que hacer una vez acabado el paquete de pipas. No lograba recordar como sucedió todo, «cosas del destino» pensó. Tampoco se encontraba triste ni malhumorado, solo un poco soñoliento, cansado. Miró al grupo de adolescentes que pasaban en bici riendo y conversando con vitalidad, como si fueran felices. «Falsos. Luego llorarán por estupideces. Las estupideces más importantes de toda vida», se dijo a sí mismo. Por un momento, este hecho le llevó a recordar brevemente su adolescencia, cuando no era más que un simple quinceañero, cuando no era nada para nadie. Contrastó aquel entonces con su propia persona solo tres meses atras, cuando lo tenía todo. Lo era todo. En dicho tiempo y sin apenas darse cuenta, el prestigioso abogado sufrió más de lo que por aquel entonces podría imaginar. La cruda pérdida de su mujer y sus dos hijas fue el límite de su desgracia. Tras quedar totalmente impune aquel maldito conductor borracho, el sistema judicial humano le resultó tan vomitivo que rechazó por completo su trabajo. Total, ya no le quedaba nada. Su familia, su empleo, su valor y sus esperanzas habían volado de su vida como si de oscuros cuervos se tratara, dejándolo solo. Quizá él mismo fue el espantapájaros, se planteó.

En 23 años de trabajo había salvado a innumerables desgraciados de sus apuros legales. Pero ese día, en aquella ajetreada plaza, vio que las cosas iban demasiado rápido. Tanto que nadie se habría percatado de que él estaba allí. Se había convertido en nada. No indagó en el inicio de su desgracia, en el origen de todo lo ocurrido. No le importaba en lo más mínimo. Lo veía borroso… Anochecía, y debía decidir. Se concienció de que él no era como esas personas que pese al enorme sufrimiento siguen adelante. Él no era de esos, no tenía experiencia en ese tipo de sucesos, ni sabía que hacer en esos casos. Nunca había sentido una soledad tan inmensa.

Una gota fría de agua le acarició la mejilla. La palpó con los dedos, como para asegurarse de que no fuera una lágrima. No lo era. Comenzó a llover de forma moderada.

Decidió manifestarse en contra de todo aquello que el destino le había arrebatado. Quiso ser otro cuervo más.

A las 21:41, echó a volar.

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