Capítulo I: El foráneo

Érase una vez un hombre que vivía agobiao’. Una persona con el número idóneo de extremidades, a la que no se le conocía empleo, porque trabajaba de fontanero secreto.

Ya era navidad y casi no había podido aprovechar su ropa de entretiempo. Ahora le esperaban duros días de espacios abarrotados, belenes vivientes de los niños, parientes lejanos que se presentan en casa sin avisar para empeorar el empacho de la noche anterior, regalos inútiles, inquietantes anuncios de perfumes, o peor, el de la lotería…

El pánico se apoderó de él. Apenas debía recorrer un par de calles más para llegar a casa, pero dió media vuelta y desapareció entre cláxones de los otros vehículos. No podría soportar otra navidad fingida.

“Huye, de casa huye, por navidad”, tarareó.

¿Destino? Donde no hubiera problemas para aparcar.

¿Su mujer? Ya la llamaría al llegar a algún sitio.

¿Frío? Parecía que este año el cambio climático estaba de su parte.

¿Navidad? Con un paquete de Risketos y una botellita de Moët & Chandon se le pasaría pronto.

Salió de la ciudad al ritmo que le marcaba la radio y condujo sin más.

Siguió la carretera hasta que cayó la noche. Paró en una gasolinera y merendó. Tampoco le gustaba ese rollo de que a las 6 ya fuese de noche.

En el teléfono móvil ya tenía varias llamadas perdidas de su mujer. Pensó en deshacerse del aparato. Al instante olvidó aquella imagen de automutilación e ideó como dejar el móvil.

Después de discutirle al dependiente de la gasolinera por el precio abusivo del combustible, le convenció de que respondiera a una llamada de su mujer. Debía decirle que no quería volver a casa mientras fuera navidad y que no intentara buscarle, pero que no proporcionara ningún dato más. Escuchaba a su mujer hecha una fiera al otro lado. Después de colgar rompió el móvil, o al menos lo intentó. Jodidos Nokia. Destrozó la tarjeta y tiró el teléfono a una papelera.

Remprendió su marcha, meditando sobre si era más correcto “dependiente de gasolinera” o “gasolinero”, puesto que pocas veces dispensan la gasolina. Pero algo lo distrajo de sus pensamientos. Un autoestopista. Se le ocurrió que rechazar la navidad no significaba dejar de ser amable con los demás. Podría acercarle al pueblo más cercano, no eran carreteras para ir caminando por el arcén.

Paró junto a un chico y le invitó a subir. El joven torció el gesto extrañado. No parecía entenderle. No quedaba claro si era extranjero o un poquito de UPyD. Tras un momento de discusión gestual cual intérprete del entierro de cierto Madiba, aceptó subir al coche entre murmullos.

Juntos arrancaron de nuevo y siguieron el trayecto. Quiso saber a dónde se dirigía, más por romper la tensión entre desconocidos que verdadero interés. Desistió al no entender ni papa. En la academia de fontaneros secretos jamás le hablaron de ese idioma.

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