Capítulo II: Melodías de carretera

Así los dos hombres que eran perfectos desconocidos siguieron una hora de camino en completo silencio. No un silencio incómodo ni tenso, sino un silencio placentero y de mutuo acuerdo.

La radio fue la primera en decidirse a emitir algún ruido, como la primera piedra contra el casco de un antidisturbios con la nueva ley de seguridad ciudadana en la mano, y tras un par de chisporroteos encontró una señal de radio justo a tiempo para escuchar un estribillo de Sabina:

Y la vida siguió,

como siguen las cosas

que no tienen mucho sentido.

Una vez me contó un amigo común que la vio…”

  • “Donde habita el olvido” – completó el fontanero.

El rubio extranjero sonrió, seguramente pensando en que todos aquellos tópicos de que los españoles son flojos y fiesteros parecían ser ciertos. Pero en lugar de criticarlos mentalmente se limitó a completar la letra de la siguiente canción que sonó. Una linda letra de Aerosmith:

Watch you smile while you’re sleeping,

Well you’re far away dreaming,

I could spend my life in this sweet surrender,

and just stay here lost in this moment…”

  • “Foreeeeeveeer” – pronunció en un perfecto inglés.

Y así, entre Sabina, Aerosmith, Arjona y Queen pasaron el resto del trayecto. Evitando contarse el uno al otro sus secretos mejor callados en parte por recelo y en parte por las dificultades del idioma, ya que no todo el mundo ha sido tocado por el Espíritu Santo como Ana Bottle.

Llegaron final y milagrosamente al destino del autoestopista, un pequeño pueblo, tan perdido como escondido, de esos de los que nadie habla porque nadie conoce, salvo algún partido político a la hora del recuento de votos.

Un lugar en el que sus habitantes nacían y morían sin más mundo que aquel, pero que puestos a ver siempre el mismo paisaje ningún pintor del romanticismo hubiese imaginado otro mejor: tradicional y austero, de los de visillo y luto permanente, de cura respetado y con tobillos que subían la temperatura a todos los muchachos que, con 14 años, ya habían dejado el colegio y se habían puesto a trabajar sin más conocimiento que la lista de los reyes godos y “las cuatro reglas”.

Suficientemente poco digitalizado como para ser el sucedáneo perfecto y confortable a una vida de ermitaño durante unas vacaciones.

Así que aparcó con cuidado detrás de un tractor azul y siguió al turista hasta la puerta de la pensión ‘Los granados”.

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