Capítulo III: Nieve

Ya en la habitación, en la planta más alta de la pensión, que tampoco era mucho, se percató de algo. Todo el pueblo, de parte a parte, estaba cubierto por una fina capa de nieve. Tan fina que no sabía cómo había podido cuajar en cada rincón de cada calle. Hasta en el camino del coche a la puerta de la pensión le había parecido que era hielo. Se estaba extrañando, más que nada, porque en el viaje hasta ese pueblo no se habían cruzado con un solo copo de nieve. Además en la ciudad en la que él vivía no nevaba prácticamente nunca. Dejó de pensar en eso, a la mañana siguiente ya no quedaría rastro de ella. Se enfundó el abrigo de nuevo y salió a dar un paseo. No se molestó en avisar a su compañero de viaje, iba a llevarle más tiempo explicarle que si quería acompañarle que lo que iban a hablar después.

Le gustó el pueblo. Al fin y al cabo, la única señal de que era navidad era la nieve, y eso era justo lo que él quería. Siguió paseando, incluso le gustó la gente que vivía allí, eran amables, pero no demasiado, te dejaban tranquilo si así lo querías. Cuando empezó a pensar que podría quedarse a vivir allí decidió que era hora de volver a la pensión.

Al pasar por recepción escuchó a un empleado decir que había algún problema con una tubería, al parecer había explotado de repente y sin venir a cuento. Le pareció extraño, pero subió a su habitación sin decir nada. De todos modos no podía decir nada de su profesión, que para algo era fontanero secreto. Cuando entró en la habitación encontró un sobre que habían pasado por debajo de la puerta y que lo único que tenía escrito era una M mayúscula ocupándolo todo. Empezó a mosquearse: no le había dicho a nadie su verdadero nombre. Dejó el sobre en la mesa, ya lo abriría después. Hubo algo que le llamó la atención. Se asomó a la ventana. Ya era noche cerrada, pero no había una sola luz iluminando el pueblo, lo que hacía imposible ver más allá de un palmo, pero con la nariz rozando el cristal se dio cuenta de que había empezado a nevar. Abrió la ventana. Con la nieve aparecieron unas luces de navidad que durante su paseo no habían estado ahí. Eran simples, sin muchos colores y, ante su sorpresa, bonitas. La nieve empezó a caer más espesa. Miró hacia los límites del pueblo antes de que ésta no lo dejara y se dio cuenta de que la nieve sólo estaba cayendo en el pueblo, como si una enorme pantalla de vidrio rodeara el pueblo e impidiera que se expandiera más allá.

Además, ni las calles ni los tejados ni nada sobre lo que la nieve cayera era capaz de aguantar más que la fina capa que ya tenía, daba igual con qué intensidad cayera, era como si desapareciera al llegar abajo. Frunció el ceño. Un grito alto y corto seguido de un golpe sordo que provenía justo de la habitación de al lado, donde estaba su compañero de viaje, lo sacó de sus pensamientos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s