Posibilidades perdidas.

El sol parecía querer irse de la soledad del atasco. El cielo estaba despejado, pero había tres nubes de humo, de ese humo triste que nadie nunca aprecia. Completamente rodeado de un muro infranqueable de vehículos, un pájaro reposó el ala en uno de los parabrisas y miró un momento a la rosa de los vientos antes de proseguir su viaje.
Las ruedas estaban llenas de hastío, la pintura de los coches lucía famélica, irreconocible. Ya no roja, como en otros tiempos, sino un tanto más gris, como en una maniobra de adaptación a las circunstancias. Las circunstancias grises que creaban coches grises y conductores borrachos de humo, casi transportados a otro lugar en el que el único aire que existe está compuesto por bullicio y enrarecimiento. Un aire caliente que envejecía y cavitaba las venas, destruyéndolas desde dentro.
En la radio se describía sin embargo otra realidad tremendamente distinta. No existían los pájaros en la grabación que pasaban todos los días a las seis de la tarde. Tampoco los tiempos enrarecidos que tan presentes estaban en aquel atasco. Se hacía apología de una vida que ninguno conocía, pero que sin duda debía de ser fantástica. Un gobierno que luchaba por todos, una música banal, muy banal. Así nadie se sentía tentado a asombrarse, a preguntarse.
A «Cinco centímetros por segundo» avanzaba el cuerpo del atasco, arrastrándose como un perro herido que busca guarecerse en aquel que siempre fue su refugio, donde encontraba el alimento diario. Donde no encontraba más que un cuenco a medio llenar de pienso industrial, pero donde se acordaban de él, donde al menos lo tenían en cuenta.
A veces dos conductores ajenos se encontraban con las miradas. Se hacían unos pocos comentarios silenciosos y volvían a fijar la vista en el volante, instante en el que se perdía toda la esperanza de la humanidad. Y como «el tiempo va sobre el sueño», todos aquellos soñadores tenían en común el deseo de que algún día sus coches grises encontraran lugar donde estacionar. Y como el sueño va sobre el tiempo, todos quisieron a la vez que aquel atasco se prolongara infinito, porque allí eran todo. Todos habían triunfado, todos leían el periódico y todos tenían buenos hijos.
Pero como sus sueños encontraban las paredes de la realidad, se despertaron y pisaron el freno. No era cuestión de chocar.

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