Capítulo VIII: El Código y el Espíritu.

Había sido un completo inútil, se dijo medio aturdido. ¿Cómo se le ocurría tirar su zapato a Bush? ¿Es que acaso no sabía que este tenía amplia experiencia esquivándolos? Y ahora encima, tenía un pie mojado y otro no. La lateralidad le fallaba, como al que se mete en la cama y se le sube el pijama solo en una pierna y lucha, y lucha… Y al final desiste, sin poder dormir. Él ahora había malgastado un recurso mínimo, pero importantísimo, en la lucha contra sus perseguidores. Sintió rabia al recordar la máxima de los fontaneros secretos. Esta decía: «Aprecia la pequeñas cosas y la cinta aislante lo mismo pa´ un roto que pa´ un descosío´ «. Él fue siempre un adelantado a su tiempo. Controló las técnicas más sutiles de la fontanería secreta, esas técnicas que están al alcance de muy pocos. Pero se sintió como un ingeniero de esos de hoy en día, de los que saben mucho del papeleo y poco de pringarse.
Intentó ubicarse,saber dónde se había metido. Pero su pie desnudo ejercía una tremenda fuerza de atracción sobre su atención, y como le dijeron en la clase de física elemental que todo fontanero secreto debe controlar, su atención ejercía la misma fuerza sobre el pie, pero en sentido contrario. Aquel pie frío y húmedo por la nieve, era como un centro de masa inmensa, un agujero negro que atrapaba todos sus pensamientos. ¡Tenía un pie frío y el otro no coño! ¿Quién demonios podía pensar en aquella situación?
Un sudor helado y algo maloliente (llevaba varios días sin ducharse), empezó a gestarse en la linde entre el cuero cabelludo y la frente y, por extensión, en todo su cuerpo, en especial: axilas, genitales y plantares. Aquellos plantares que lo traían de cabeza, pues tenía uno frío y otro no (¡coño!).
Lo agarraron de la barbilla. Agitaron su cabeza, cosa que ayudó a recolocar un poco sus ideas. Y se encontró de nuevo con todo aquel tinglado: las luces, los villancicos… Y su captor. No era Bush… ¿Quién era? Antes de poder pensarlo dos veces, aquel que lo tenía apresado por la barbilla y por el agujero de dos metros, eso también, empezó un monólogo:
«No, si ahora serás de esos que no tienen otra cosa que hacer que criticar la navidad. Que sí, que el niño Yisus no nació el 25 de diciembre. Que sí, que los villancicos no tiene sentido. Pero tendrás que reconocer que menos sentido tiene que un ser dotado de razón y curioso por naturaleza se pregunte por el sentido de los villancicos, en lugar de por el sentido de la vida o por qué sistema político es el más justo. Ains… Que sí, que el Corte Inglés es el máximo accionista, pero no es el único carajo. Que también están el amigo Bushi, los neo-comunistas chinos y las televisiones… Ah, Frank Capra… Si no fuera por la navidad, ¿quién iba a ver la peliculita de turno? Y lo más importante, los niños de Vietnam, Taiwan, Corea, Camboya, que tienen trabajos de mierda, pero trabajo es. Si es que diría que eres tonto, si no supiera que eres fontanero secreto, claro está…»
Y se quedó un momento callado. Mario creía haber entendido todo lo que aquel había comentado, pero no pudo evitar la cara de sorpresa.
Viendo la cara de lelo que se le quedó a Mario, la figura lo agarró de la muñeca. «Ven conmigo, así lo entenderás mejor. Ah, siento no haberme presentado, soy el Espíritu de la Navidad.»

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