Capítulo XIII: Guerra

Decidió dejarla conducir porque a lo mejor ella sí sabía hacia dónde se dirigían, o eso parecía, al menos. Además, así tenía tiempo para pensar. Pensó en el último mensaje del iPad, le pareció que estaban exagerando mucho las cosas, él no creía que el mundo fuera a desaparecer por culpa del Corte Inglés, menos aún cuando se lo estaban diciendo a través del iPad que le habían dado. Un iPad, joder. Además, él ni siquiera quería ningún tipo de Navidad. Pero tenía que admitir que prefería estar en este bando que en el otro. Maldito “espíritu de la Navidad” drogado que seguro que brillaba por dirigir alguna central nuclear, pensó. Aún un poco reacio a creer en todo este barullo pero más tranquilo, se rió de sus ocurrencias.

La inspectora Martínez, o Sara, como se suponía que la tenía llamar ahora, le miró con cara rara cuando empezó a reírse, momento que él aprovechó para sonrojarse y mirar esa preciosa delantera una vez más. Ella puso los ojos en blanco y siguió conduciendo. Sara parecía saber muchas cosas que él no sabía. ¿Sabría con cuánta gente contaba su bando? Ellos dos solos frente a toda la artillería del “equipo Corte Inglés” no iban a durar ni dos segundos. Se decidió a preguntarle.

– ¿Cómo vamos a ser sólo tú y yo? No soy una suicida, claro que hay más gente. Podemos ganar esta guerra.
– ¿Quién más…?
– Deja de hacer preguntas estúpidas que se responderán solas en cuanto lleguemos a nuestro destino y haz el favor de hacerme caso y coger un chisme de los que hay ahí atrás y ocuparte del coche que lleva siguiéndonos quince minutos.

Mario miró hacia atrás y, en efecto, ahí estaba el coche negro. Echó un vistazo al asiento trasero, ¿qué narices tenía que coger? El coche estaba cada vez más cerca, y mirándolo se dio cuenta que el que conducía no era otro que Gallardón, y con cara de pocos amigos. Mierda, había conseguido seguirles. Cogió entonces lo primero que vio, una pandereta. Recordó por el mensaje que era una pandereta boomerang con platillos cortantes. Sí, esto serviría. Volvió a acomodarse en su asiento y abrió la ventana. Contó hasta tres, sacó medio cuerpo por la ventanilla y lanzó con fuerza la pandereta, que rompió el cristal delantero y se coló dentro del coche, haciendo cortes a Gallardón con los platillos, que perdió el control del coche. La pandereta volvió a las manos de Mario, que se dio cuenta de que al moverla se oía un villancico, con letra y todo. La tiró al asiento trasero y le pidió a Sara que se diera prisa.

Cuando llegaron a su destino (aunque Mario no sabía exactamente dónde estaba), allí estaban ya Chris y el tío que hablaba un idioma raro con el polo verde botella, que se dispusieron a presentarle al resto de su bando. No conocía a la gran mayoría, ni sabía por qué él mismo era la pieza fundamental, pero le contaron que su amigo guiri, Simon, estaba con ellos hasta su pérdida. Sin embargo, también estaban allí muchos de los compañeros con los que había ido a la academia de fontaneros secretos, como el muchacho joven que siempre iba de verde y del que no recordaba el nombre, así como gente de su propia ciudad. Según le dijeron, no tenían mucho más tiempo para prepararse, el equipo enemigo se estaba acercando. Así que se armaron de panderetas voladoras, zambombas explosivas y lo que parecían botellas de anís y se agruparon en una llanura que parecía estar alejada de todo, a esperar. No mucho después, comenzaron a ver las primeras filas enemigas. Se pararon a unos pocos pasos de ellos. En la primera fila, a un lado, estaba su mujer.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s