Capítulo XVI: «La guerra nunca cambia.»

Chris no pudo llegar hasta Bush sin que lo acusaran de chavista. Aquel ejército no era moco de pavo. Decidió retirarse blandiendo el bastón de caramelo forjado en las entrañas de alguna confitería de pueblo. Decían que los de ciudad eran más ligeros, pero no eran tan contundentes contra las armaduras enemigas. Una vez se hubo retirado, la batalla pareció paralizarse. Ambos bandos estuvieron evaluando la situación, llorando las bajas y autoconvenciéndose como vencedores.
La FNCE había perdido un eslabón muy importante (Cortylandia), pero aquella cadena todavía sabía golpear (y en las cachas no veas cómo dolia…). Bush no paraba de darle vueltas a la cabeza… Había invadido Irak sin que nadie pusiera pega alguna, se había cargado las Torres Gemelas sin que nadie le culpara… ¿Que por qué iba Bush a tirar las Torres Gemelas? Cada vez que las miraba, se le venía a la mente su problemilla de enanismo fálic… Ains.
Algo tenía que ocurrírsele para levantar el ánimo de las tropas y, en concreto, el ánimo de los dependientes del Corte Inglés. Pensó en ofrecerles trajes de chaqueta nuevos, para que así se sintieran más poderosos. Y a las dependientas, sí, esas que tienen los labios operados y las cejas tatuadas en un afán de perpetuidad, ofrecerles unos pantalones de pinza monísimos para señora, es decir, de esos que van marcado… Ains.
Pero no. La solución no pasaba por aquello.
Entonces algo se le ocurrió. Fue directamente a hablar con el comandante del Escuadrón de Dependientes de Jerez de la Frontera. No sabía hablar muy bien el español, pero tenía la palabra necesaria. Los componentes del escuadrón estaban evaluando los daños cuando Bush se les acercó. Entre ellos se elevó una exclamación de sorpresa: allí estaba al mandamás, y es que los jerezanos tienen una predeterminación racial que los obliga a hacer la pelota a los que mandan, sobre todo si se trata de jafazos con traje, correctamente peinados y un buen fajo… Todos se acercaron a darle la mano y las mujeres a zamparle un par de besos, y Bush un poco extrañado. Uno de los dependientes (no les gusta ser llamados trabajadores), con ánimo de quedar por encima de todos los otros, gritó: «¡Viva la República!» Inmediatamente el que tenía al lado, le dio un codazo en las costillas. «¡Qué este es americano, de la fiesta del té!» Sin entenderlo muy bien, el dependiente con afán de protagonismo se calló, resintiéndose. Entonces Bush, de la mano del silencio que le había otorgado, dijo algo dubitativo: «Cante.» Todos quedaron algo atónitos. No esperaban la maestría demagógica de cierto traductor a lengua de signos sudafricano, pero aquello fue algo escueto. Sin embargo uno de los componentes del escuadrón jerezano, el que se encargaba del sector de la informática y por tanto el más avispado, comprendió y exclamó en tono jovial: «¡Cante!» Y como una ola, tu amor llegó a mi vida… Todos empezaron a comprender. Había que cantar villancicos, de esos que incitan a comprar jamón del bueno, el del Club del Gôurmet. De los que incitaban a regalarle la moto de plástico a tu ahijado. Y los jerezanos alzaron sus voces a aquel cielo de guerra, un cielo que se desplomaba cargado de sangre y gritos. Entre compases pachangueros, el cante fue cundiendo entre toda la FNCE, que se venía arriba.
Tanto es así, que las letrillas llegaron a los oídos de la FUNDY, que veían que sus oponentes tomaban oxígeno y se reavivaban como el fuego. Tenían que hacer algo para contrarrestar. «¡Cantemos! ¡Demostremos quien manda aquí!» Todos miraron a Chris, que con su nombre de nigga volvía con el rostro oscurecido por la sangre azul. Que con su nombre de nigga, no podía dejar que le vacilaran.
Y en algo así como en un desafío a la Haka maorí, en un duelo entre los ultras de dos equipos o en cierto acto acontecido en Granada ( Los Tricolores de la Estrella Roja vs Los del Águila), la guerra de la sangre y de los golpes con armas extrañamente navideñas, se convirtió en una batalla de voces, donde la violencia pasaba por la garganta… A ver quién destruía más la moral del otro.
Y claro, un nota llamado Chris da mucho swing a un grupo, aunque dentro del mismo haya otros llamados Mario y Sara… Madre mía… Y menos mal que no era Kiko… Total, que todos formaron al más puro estilo Gospel Choir y con las panderetas cortantes y las zambombas explosivas empezaron a contrarrestar la fuerza de los villancicos consumistas.

Aquella afinación era casi perfecta, tanto que espantó a los dragones. Gallardón cayó al suelo desde una altura muy considerable, pero consiguió salvar la vida gracias al colchón de poliespán que se había formado. Ramos por su parte, insultó un par de veces al arbitro, pero cuando vio que nadie le prestaba atención, decidió marcharse a operarse o algo; nunca nadie ha vuelto a saber de él. Ana Botella seguía sin enterarse. Realmente había ido a la batalla porque se lo había dicho Aznar. «Ande ve, que seguro que caes en gracia a algún votante nuevo.» Pero de verdad que no sabía de qué iba todo aquello. Pobre…
Aquella afinación era casi perfecta. Ante eso, poco podían hacer los dependientes del Corte Inglés, que poco a poco fueron apagando las voces, viendo que en aquella batalla no había color. Los más altaneros no podían soportar ver los villancicos de su Jerez y olé por los suelos, y empezaron a marcharse, ante la sorpresa de Bush. ¿Cómo podía estar perdiendo al apoyo internacional? Aunque en cierto modo lo comprendía… «Ain´t no mountain high enough» Era imposible detener aquella idea. También él tuvo que marcharse.
Aquella afinación era casi perfecta y la guerra había terminado.

PD: Siento las críticas, la excesiva extensión y el cuestionamiento a la navidad… Yo nunca lo haría, han sido estos…

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