Viviendo en el desconocimiento

Me encontraba sentado en una silla de mimbre, el respaldo estaba algo desencolado y se balanceaba con el peso de mi cuerpo a la par que chirriaba. Llevaba algo más de una hora haciendo aviones y barcos de papel, era un proceso laborioso ya que para cada nueva ejecución tenía que repasar mentalmente todos los pasos.

Intenté pasar al segundo capítulo del libro de papiroflexia que había cogido de aquella estantería llena de polvo, pero tenía una gran dificultad para aprender nuevos dobleces y secuencias de pasos. Tiré el libro de un manotazo y encendí el televisor.

Muertes, violaciones, asesinatos, secuestros… Nada, no era capaz de sentir lo más mínimo, no se me alteraba nada por dentro… Y con ese pensamiento en la cabeza me dormí en el sillón.

Me despertaron unos niños pequeños que si bien me eran familiares me resultaban terriblemente molestos y sentía un fuerte impulso de darles un guantazo. Luego llegó un hombre joven con un cuenco de sopa y uno de esos cacharros metálicos que se usan para comerla, cuchara me dijo que se llamaba.

Tras varios intentos infructuosos y una camisa de cuadros empapada hasta el cuello decidió darme él mismo la sopa. Pese a lo incómodo que me sentía por lo humillante de la situación me dejé alimentar, no recordaba cuándo fue la última vez que había comido algo.

Finalmente se marcharon y al cabo de un rato de haber llorado y reído sin ningún motivo aparente decidí dar un paseo por los alrededores. Saludé a viejos conocidos y a otros simplemente les devolví el saludo, no los conocía, pero la educación es lo que convierte a un hombre en un caballero.

Tras una hora aproximadamente estaba completamente perdido, aunque no era un escenario desconocido del todo, tenía la misma sensación que el que pasea con los ojos cerrados por su casa. Una mujer muy amable me acercó a mi piso y tras darme la cena me dio besó la mejilla y se marchó.

Y así han pasado los años. Cada día un muchacho con unos jóvenes vienen a verme y me dan la comida en la cama, pues me fallan las fuerzas, luego hablan conmigo un rato sobre algunas cosas sin sentido para mí. Les he escuchado hablar en susurros, parece que su abuelo tiene algún tipo de enfermedad, no recuerdo su nombre pero a veces lloran y me dan pena, son buenas personas: aunque tienen todos esos problemas pasan conmigo algunas horas.

PD: Todo mi respeto y apoyo a las familias afectadas por el alzhéimer. El consuelo que nos queda es que ellos no son conscientes de su enfermedad.

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