Robando el protagonismo

Podría escribir miles de entradas sobre la magia de la lectura: el teletransporte más barato, el analgésico más homeopático de todos o como dicen muchos intelectuales en pleno pose bohemio: el alimento del alma. Pero yo me voy a centrar en lo más banal, en cómo el ser humano en uno de sus numerosos ataques de egocentrismo es capaz de apoderarse de cualquier historia, de cómo la adapta y le da la forma adecuada para que encaje con algún momento determinado de su vida.

Y es que nos da lo mismo si aparecen dragones, pócimas mágicas o un español con trabajo; nuestra mente filtra todo este contenido fantasioso y lo deja en un amasijo de realidad del mismo tono gris que su propia existencia.

Una historia de amor, complicada, extraña, tan alcanzable y tan poco tangible, y de pronto alguna neurona dormida de nuestro cerebro se despereza y evoca el recuerdo de aquella chica, de todos los días pasados a su lado y de los sentimientos encontrados en esa época. Y sorprendentemente son los mismos que los de aquel muchacho capaz de manejar el viento a su antojo y que posee una capa tejida por una demonio más bella que cualquier luna llena. (El temor de un hombre sabio)

Una idea o un pensamiento, algo en lo que creer cuando nadie más confía en ello. Una sensación total de soledad cuando otros se limitan a señalarte con el dedo y reírse de ti. Y entonces te encuentras en la piel de otro hombre, luchando por defender la existencia de seres superiores y enfrentándote a fuerzas misteriosos llegadas a través de otra dimensión. (El testamento maya)

Pese a no encajar, a no tener un sitio donde acudir, encuentras a otros que no encajan como tú, sois como aquellas piezas perdidas de distintos puzles que unidas formáis un lienzo maravilloso. Otros pueden no entenderos, o incluso despreciaros. Pero vosotros sabéis la verdad: tenéis mejores valores que ellos y menos prejuicios. Y de pronto os sorprendéis comentando un libro que sin ningún tipo de acuerdo habéis leído casi todos y en el que habla de una pandilla parecida a la vuestra, y esto os hace sentir más especiales. (Las ventajas de ser un marginado)

En otras ocasiones tomamos el papel más protagonista de cualquier obra, el del escritor: ese que inyecta tinta en hojas inertes a modo de suero para intentar resucitarlas. Y entonces, movidos por la envidia o por el hastío de una vida estática intentamos ponerle nuestro nombre al personaje que nos gustaría ser. A veces leemos la frase de algún héroe y la queremos hacer nuestra, la tuiteamos o la ponemos como estado de Whatsapp porque es a lo único que podemos llegar.

En cambio, un día más nublado nos inclinamos por el papel del antihéroe, el vividor, el más puro consumidor de vida de un modo kamikaze, leemos su biografía a modo de entrevista y nos tatuaríamos más de uno de sus ingeniosos comentarios. (Joaquín Sabina. En carne viva)

Por último nos queda otra postura y es aquella en la que, no contentos con imaginar vivir la vida de otro, queremos ser simplemente un personaje de cuento, y no me refiero con esto a sufrir en nuestra propia carne las andanzas y desventuras del más loco Don Quijote de la Mancha, si no a no existir realmente, a que nuestro mundo esté entre dos duras tapas de cartón piedra. En confiar en aparecer en uno de esos libros los cuales se leen una sola vez en la vida y luego se quedan acumulando polvo en un estante. ¡Qué vida más fácil la de ese tal capitán Nemo!

Y nos dormimos con el libro abierto sobre el pecho, soñando con tener una vida merecedora de que alguien la lea y desee robarnos el protagonismo.

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