Experiencias II: «La consagración…»

Llamaron a la puerta. La golpearon, con la palma de la mano. Entonces, y solo entonces, amaneció. En el trayecto que lo llevaba de la cama hasta la entrada, se preguntó si el sol estaría ahí, incluso cuando él no lo miraba. Se preguntaba en qué posición se encontraría. Había un excesivo orden en su casa, y eso lo deprimía. Estaba solo, y le resultaba difícil desordenar. Incluso cuando lo conseguía, se veía obligado a ponerse a devolver las cosas a su sitio, para así sobrellevar la sensación de soledad. Eso de sensación era obviamente un paliativo. No podía decirle a las señoras ya entradas en años que estaba solo, que sentía la soledad. Al decir «sensación de soledad» desnaturalizaba un poco la extrema rotundidad que aquella realidad suponía. Tanto fue así, que acabó diciéndose a sí mismo que se sentía solo, dejando a un lado eso de «estoy solo».
La persona que llamaba a la puerta lo hizo solo una vez. La golpeó solo una vez. Quizá se había espantado. En aquella casa todo resonaba vacío, como abandonado. Regresaba un eco de insustancia, lleno sin embargo de un ansia tremenda de salir de allí. Aquella casa estaba vacía, pero parecía sin embargo llena, en tanto que nada podía quedarse dentro, en tanto que todo era impulsado a abandonarla. Aquella casa estaba alejada de la mano de Dios.
Llegó a la altura de la entrada y posó la mano sobre el picaporte. Pero se paró un instante a pensar. Había algo extraño en el aire o más bien, faltaba algo en él. ¿Sería que estaba aún dormido? Era como si nadie estuviera detrás. Cuando alguien llama a la puerta, uno toma conciencia de la existencia de un sujeto que, a pesar de no estar aún determinado, va haciéndose hueco en nuestra cabeza. Pero en aquel instante, la figura mental que todo huésped se forma, no había aparecido, no se había creado. Como si el visitante no tuviera la fuerza suficiente, como si dispusiera de la energía justa para existir. Sin pensarlo más abrió la puerta.
Y apareció una chiquilla, minúscula. Tenía en la cara el gesto que tienen los que van sin rumbo o los que no saben de dónde vienen. Y tenía los ojos viejos, como el verano. Como el verano cuando termina. Aunque el verano termina cada noche, ¿no?
Y ella lo miró a la cara. Estaba sin duda perdida.
Aquella era la casa del cura.

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