Frío matinal (I): 07:15

Todos los días lo mismo. Era deprimente el hecho de que siendo tan joven ya había cruzado la frontera, esa frontera de la vida en la que todo se vuelve gris. Cada día era una copia del anterior. Pero esto era lo de menos para él, siempre y cuando pudiera sumergirse en la pintura. El lienzo era el único que podía escucharlo, no se sentía rechazado cuando lo contemplaba. Nadie lo juzgaba en su habitación, a solas con su creatividad.

Lo que realmente le quebraba la cabeza y le impedía dormir no era más que una inquietud personal: el amor. Mejor dicho, la ausencia del amor. Tantos años tras él sin lograr ningún resultado. La vida, la realidad. A esas alturas, variedad de cuadros podrían ser pintados con sus propias lágrimas, si así lo quisiera. Quién sabe, en el mundo del arte hay que innovar para triunfar.

El trabajo, las idas y las vueltas, los cambios externos y la rutina interior. Todas las mañanas sin falta, a eso de las 07:15, recorría el mismo trayecto a pie hasta el trabajo. Le gustaba respirar el aire de la mañana muy cerca del mar, por el cutre paseo marítimo. Cierto día la cosa cambió, una determinada imagen lo congeló por completo. Una chica. Una chica a la cual solo pudo contemplar de espaldas, mirando con profundo interés más allá de lo que el contacto entre el mar y el amanecer permiten. Parecía buscar algo, quizá una lentilla perdida en el fondo océano. Él creyó recordar que incluso estiraba el pálido cuello, de puntillas, como quien se asoma en la vía de la estación para ver si ya llega el tren. Llevaba un largo abrigo de lana gris, que se despedía de su cuerpo allá por sus rodillas. Solo sacó una mano en guante de los bolsillos del abrigo para posar un mechón molesto de pelo trás su oreja con timidez y delicadeza. Nuestro artista pensó por un momento que no le importaría lo más mínimo morir en el mar, con tal de que ella lo contemplara por un mísero instante. No consiguió descifrar qué aspecto exacto de aquel retrato en vivo le cautivó de esa forma, pero hizo un grandioso esfuerzo por seguir caminando, no quería romper la magia de lo que aquella dama experimentaba. Siguió su camino como si no hubiera visto nada, temió volver de nuevo la vista, por si ella lo contemplaba a él ahora. Se equivocaba, ella no se giró lo más mínimo, ni siquiera se percató de su presencia. Algo importante se le había perdido en la lejanía, como para molestarse en a ver al condenado artista. Él se alejaba cada vez más, maldiciendo lo imbécil que era, intentando inmortalizar la escena en su mente, ya que nunca volvería a verla. O eso pensó. Y de nuevo se equivocaba.

Empezó a ver que la magia de la vida al fin le daba los buenos días. Era inexplicable, pero decidió que no valía la pena buscarle una lógica. Simplemente quería que se repitiera cuantas veces fuera posible, hasta el fin de los días. Todos los días, todas las mañanas, a la misma hora, el mar, el amanecer y ella. Nada cambiaba, todo encajaba a la perfección para su deleite, como el día anterior. Qué espectacular estampa. Y aún seguía sin entender esa eterna sensación de frío que le causaba la imagen. Parecía mentira, el destino le ofrecía la misma oportunidad día a día. El Día de la Marmota, el día de la luz, del color. El día más feliz de su vida, ahora eran más de uno. El mismo fenómeno se repetía día sí y día también. Se sucedió hasta 6 veces, antes de que tomara al fin una decisión al respecto. A la séptima iba la vencida. ¿Quién demonios era esa muchacha? Núnca antes la había visto por la zona. Es curioso ya que ni siquiera había tenido oportunidad de verle la cara, nada más que su erguida espalda, sus botas de cuero y su largo cabello negro mecido con fuerza por el viento. Pensó que quizá, si le hablaba, rompería el hechizo y no volvería a ver la estampa de todas las mañanas a las 07:15, por lo que decidió llevar a cabo otra medida por precaución. Quería inmortalizarla, retratarla en uno de sus valiosos lienzos.

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