La Primavera.

Y se hizo a un lado, para que pasara. No dijo nada, porque sabía que estaba allí para pasar, no para que le hicieran preguntas ni descubrieran más sobre ella. Obviamente la chica dudó un poco, quizá porque veía que aquella casa estaba retirada, como si allí se viviera en un ocaso constante. Pero allí habitaba Dios. Y no como lo hacía en todas las demás casas, si no como el que habita su guarnición, su más secreta guarida. Aquel había sido el primer bastión de Dios por aquella zona.

Cuentan las malas lenguas que aquello fue en tiempos pasados un burdel, y que fueron las prostitutas las que empezaron a rezar a mediodía, cuando ya la luna se había puesto. Nunca nadie se pregunta cuándo duerme una prostituta; y es que duermen cuando las dejan los deseos del mundo, cuando el mundo ya está satisfecho y ha dejado de pensar.

Aquellas señoras cerraban las persianas, en un intento de domesticar la luz, de atenuarla lo más posible para que no resultara molesta. Entonces se tumbaban, ponían las manos sobre sus senos (esta vez con cariño), y comenzaban a pedir. A pedirse a sí mismas un día más de esfuerzo, de sudor fingido, un día más de cariño para el mundo.

Pero fueron las malas lenguas las que proclamaron aquello como rezo, aunque las prostitutas nunca lo hubieran admitido. Y sin embargo fueron las malas lenguas las que empezaron a atraer a Dios… ¡Cuánto gritan las malas lenguas!

Se podría decir que las prostitutas fueron las madres de Dios y que aquella casa burdel fue su lugar de nacimiento.

Ella se sentó. El cura salió al huerto a buscar unas lechugas para el desayuno que tuvo que lavar. La noche anterior había llovido y el barro había salpicado las hojas verdes de sepia. Usó el mismo agua de lluvia que tuvo en gracia quedarse estancado en un pequeño socavón que se había formado en el pequeño huertecillo tiempo atrás.

Quiso observarla a través de la ventana, pero solo podía adivinar su brazo en el sombrío salón. ¿De dónde venía? ¿Para qué? Estaba contento, en cierto modo. En la diócesis siempre le habían dicho que además de ser portador de la palabra de la Iglesia y de Dios, también tendría la labor de guiar a los desamparados, a los pobres de espíritu. A los que se habían salido de la senda de Dios. Y es cierto que había aconsejado a muchas viejas de esas de corrillo, pero aquellas iban a misa para después criticar lo arrugado que llevaba el vestido Dolores… Nunca había encontrado a nadie verdaderamente perdido. Ahora tenía la oportunidad de transmitir a Dios, su palabra.

Entró en el salón de nuevo, con las menudas lechugas en la mano. La observó. Al girarse ella, se le ciñó el vestido blanco al cuerpo. Era ya una mujer.

Se podría decir que las prostitutas fueron las madres de Dios y que aquella casa burdel fue su lugar de nacimiento.

 

PD:

	There he goes, the man of faith

	Left the church for a fiance
	Let him love, the man of faith.

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