Con un saquito lleno, leré, de carnaval

Si bien en el anterior artículo hablaba de Jesús Bienvenido, un autor al que le queda todo por delante y cuyas agrupaciones ya apuntan a perdurar en la memoria del aficionado, hoy se lo dedico a alguien que lo ha dado todo por el carnaval y que representó a finales de la década de los 80 y especialmente en los 90 un soplo de aire nuevo a la comparsa, ahora más musical y menos estridente, sin perder un ápice de fuerza y carácter. Aunque hay quien le reprocha que dejara de componer para agrupaciones de carnaval, cada vez son más quienes aceptan la decisión personal del Niño Coplero y agradecen su contribución a la fiesta. Cabe destacar que después de dejar el concurso fue pregonero, sacó el musical carnavalesco “La Gran Final” y su obra como cantaautor siempre sigue sonando a Cádiz.

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Yo soy su cuerpo y ella es mi voz” – De Locura, 1987

Martínez Ares cumplía 20 febreros el año que hacía esta comparsa. Por entonces su juventud aún le llevaba a escribir letras valientes reivindicando más respeto por parte de los mayores, como hoy en día puedan hacerlo la comparsa de Jona o la siempre reivindicativa OBDC! de Germán Rendón. Esta comparsa en muy de los 80, el bombo y la caja marcan el ritmo en la presentación y el popurrí con fuerza mientras la guitarra se va abriendo paso. La presentación termina de romper cuando estos locos se rompen la camisa de fuerza (como Camarón) dejando a la luz su traje brillante, de hidalgos de triste figura que tienen a Cádiz por Dulcinea. No en vano en los pasodobles parece escucharse el ruido del viento que empujan los molinos, o gigantes según se mire. A la genial presentación hay que sumarle la genialidad de pasodobles como el de la cuchara de palo o los simpáticos cuplés de los que se dice que Martínez Ares atribuyó al chirigotero Juan Rivero para ganarse la confianza de su grupo. En la cuarteta que he escogido de esta primera etapa del poeta del barrio Santa María los locos cantan contra un tribunal que los ha encerrado en ese manicomio, privándoles de disfrutar de su amor. Por entonces se llevaban las estrofas rollo Camilo Sesto. Lo entendemos. Este tópico se desarrolla durante el popurrí hasta acabar en una frenética declaración de culpabilidad por haber querido, querer, y seguir queriendo a Cádiz.

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¡Y dibuja un cielo gris! – Calabazas, 1991

La religión siempre ha tenido una importancia especial en el carnaval y en las coplas, pero esta va más allá de cantarle al nazareno, a Dios o a la iglesia de La Palma. El propio Martínez Ares le dedicó un pasodoble dos años después de Calabazas al Papa Juan Pablo II que le costaría ser expulsado de su cofradía. Y un primer premio con Los Miserables. Pero en ocasiones la religiosidad no es ni mucho menos cristiana y se remonta al origen pagano de la fiesta. Estos espantapájaros cantan y bailan la danza de la lluvia clavados en sus maderos con un sombrero de paja por corona de espinas. Durante éste blues le piden a dios la lluvia como sinónimo de purificación, un llanto divino que no llegó y la sequía de entonces se extendió hasta el 95. Durante esta cuarteta los componentes de la primera fila aplauden y saltan. Realmente su pierna derecha es falsa y la verdadera es el palo en el que se sujetan, no hay tantos cojos en Cádiz como sugiere el equipo de fútbol… Durante el resto del popurrí hablan también de quitar los clavos o las cruces a los pobres, quienes luchan por la paz, a la Blancanieves del Sur… A mi parecer, una de las mejores agrupaciones y popurrí con más significado.

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Y una botella de ron – Los Piratas, 1999

Los Piratas supusieron para muchos una nueva revolución en el mundo de la comparsa. La que es considerada por gran parte de la afición como la mejor comparsa de la historia moderna tenía un popurrí más que a la altura de semejante agrupación y era un broche de oro a tan buen repertorio. La presentación es sin duda una de las más recordadas y cantadas, y su música ha sido continuamente utilizada por otras agrupaciones. De hecho para cualquier aficionado al carnaval la música de Los Piratas es un símbolo de la piratería más reconocible que Johnny Deep, Espronceda o John Silver, y si no, no será tan carnavalero. También han quedado para siempre sus pasodobles y en especial “Era un 4 de diciembre” dedicado a la autonomía andaluza, “Carnecita de gallina” por su reciente paternidad y “Con permiso buenas tardes”, conmovedora letra en la que cuenta la historia de una mujer que se entrega a la policía tras haber matado a su esposo y maltratador.

A pesar del tipo tan recurrente de piratas, la escenografía es digna de mención e incluye un enorme barco encayado en alguna playa gaditana a los que los bucaneros llegan con intención de saquear la ciudad para acabar robados por la belleza de Cádiz, como su bandera, colados por sus huesos.

En el popurrí recuerdan el juramento pirata, más severo de lo que cualquiera podría pensar, y aunque las mujeres están prohibidas en el barco cuentan también una aventura en La Habana (ciudad en la que se ambienta en 2002 La Revolución) con una mulata a la que su parche pirata impedía guiñar. Dicen que hay cosas que el dinero no puede pagar, y para estos saqueadores esta riqueza inmaterial no cabe en las bodegas de su galeón. Si hay algo que identifique a un pirata es su afición por gritarle al ron, algo que sólo comparten con los jóvenes que se inician en los botellones y las personas de mediana-alta edad que se inician en los botellones. ¿Porque nadie más bebe ron, verdad? En su triste despedida se lamentan de ver a Cádiz ardiendo, de haber traicionado a su juramento pues su pena es bien visible, y se consuelan con diez cofres llenos de mojarras, conocidas como la reina del lugar (la bahía), porque sus escamas son plateadas y aseguran que ven a Cádiz en sus ojos. Pese a reafirmar su tristeza, se marchan gritando “Y una botella de ron”. Así las penas son menos.

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Qué no darían mis ojitos por ver lo que ven tus balcones – La Niña de mis Ojos, 2001

Tras las críticas recibidas en el año 2000 por la comparsa La Milagrosa, Martínez Ares cambió el grupo de toda su vida por otro con el que ganó el primer premio ensayando apenas tres meses. Numerosas versiones se han dado de lo sucedido y nunca ha quedado claro. Al año siguiente un pasodoble de La Revolución dedicado al Piru y al grupo que desde sus inicios como autor lo había acompañado tuvo como respuesta un duro y crítico cuplé de Los Ángeles Caídos, comparsa de Juan Carlos Aragón en la que habían recalado estos componentes un año antes y que se hizo con el primer premio del 2002 pese a un abucheo atronador por cantar este cuplé.

Los ciegos de La Niña de mis Ojos bien podrían ser los ciegos del Lazarillo de Tormes, pero sin lazarillo y, según narran, la soledad de estos invidentes ha marcado un carácter seco y duro y en la presentación se lamentan por aquellos que aún mirando nada ve, quienes aún sintiendo no sienten, quien entendiendo nada entiende, en contraposición con ellos, incapaces de mirar, entender, sentir. Los pasodobles tratan temas desgarradores como el de la violación dentro del seno familiar o la eutanasia desde el punto de vista del enfermo, o el pasodoble dedicado a la desaparecida compañía de títeres de La Tía Norica, algo que sin duda fue valorado al emocionar al público y el jurado. Tanto la presentación como todos los pasodobles derrochan sentimiento y dolor, y sin embargo los cuplés son de los mejores de este autor, como en el que comparan a las marías que juegan al bingo en la playa con las vacas locas, o hace un chiste de sí mismo asegurando que ya no tiene seguidores y que a los que quedan los llaman supervivientes.

El popurrí es también conmovedor y cuentan cómo llegaron a la ciudad y cómo a pesar de su ceguera llegaron a enamorarse de la Tacita, cómo lloraron al escuchar su primer tanguillo de Cádiz, ciudad rodeada de playas y murallas y en la que en cada esquina las canciones ahogaban sus penas. Pero esa alegría dura poco y enseguida piensan en la suerte que tienen los balcones gaditanos, adornados con macetas de colores y que disfrutan de una posición privilegiada para ver la ciudad. En el final del popurrí retoman con fuerza el lamento de no poder mirar y ver la puesta de sol desde la Caleta, donde la estrella se muere como un pez que ha caído en la red. Esta cuarteta es una nana para la niña de sus ojos, que permanece dormida mientras ellos lloran su pena.

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… Yo te alumbro y sigo el rumbo de tus carnavales…

PD: He dejado demasiadas comparsas sin mencionar, así que intentaré volver a escribir sobre Martínez Ares después de hacer un repaso por las comparsas de Tino Tovar, Joaquín Quiñones…

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