Bañarse en silencio.

Los árboles verdes estaban, y la vida le salía ferviente de los labios, a chorros, que manchaban las paredes y expulsaban a Dios. Tenía la piel blanca y los labios ni rojos ni marrones, llenos de vida. Y los añejos ojos, extasiados del fluir del tiempo.

Había dormido toda la noche. Todo el día anterior lo pasó observando las estanterías llenas de libros, sacaba algunos que le llamaban la atención, pero pesaban demasiado y los devolvía con esfuerzo a aquel jardín de hojas secas. Hubo uno que la sorprendió, entonces él aprovechó para acercarse y explicarle. Había cogido las Revelaciones, el Apocalipsis. Aquel libro era el que más pesaba, pero se sentía atraída por las imágenes de horrendos jinetes y de dragones, del mundo rojo y negro. “Yo soy alfa y omega”. “Dios es el principio y el fin, nada es o existe fuera de Dios. Imagínate la barbarie a la que el mundo estaría sometido sin la labor del Señor”, dijo él. Conocía estas lineas de memoria. Había tenido que responder muchas veces por Dios, sin embargo reconoció que Dios nunca había respondido por él. “Eso”, le aseguraban en la diócesis, “te espera en el reino de los cielos”.

Continuó hojeando, sin acabar de leer ninguna página. “Cielo nuevo y tierra nueva”. E irremediablemente sus mirada fue atrapada por lo sugerente de esta línea; el libro cayó de sus manos, que se adelantaron buscando la salida, y abrió la puerta de un tirón, desesperada. ¿Un mundo nuevo?

Fuera del pecado los hombres incompletos, fuera del pecado imperfectos… Se hace de noche entre los hombres silenciosos.

Detrás de la puerta estaba el mundo, tan pequeño como siempre. El viento era verde como los árboles verdes, había una bicicleta oxidada, invadida por la fragilidad, tirada.

Lo miró. Aquel era el mundo de siempre.

Ella tenía frío, estaban temblando sus labios. Él se apresuró a coger su sotana. No podía dejar que aquellos labios se apagaran. Se la echó por encima, la cubrió. Se la llevó. «Toma una ducha caliente». La invitó a bañarse, ella lo hizo en silencio, como todo.

 PD: «Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!» Apocalpsis, 19:6.

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