Cumpleaños.

Estaba muy orgullosa. En el fondo le hacía ilusión que su pequeño Sam se hiciera poco a poco mayor, pero odiaba todo el festejo que el cumpleaños de un niño pequeño conlleva. Globos, tartas, niños por aquí y por allá. Graba esto, graba lo otro. Un regalo aquí, otro allá. Dios, no sabía si le costaría más sobrellevar esa edad infantil o la costosa adolescencia. En torno a unos 15 niños llenaban la sala. Aquello era un caos, un colorido y fantástico caos. Llamaron a la puerta y Claire se apresuraba en abrir, resoplando al pensar que podría tratarse de más niños invitados. Ya había perdido la cuenta. Volvieron a tocar al timbre. Al fin llegó a la blanca puerta con turbias cristaleras. Abrió intentando que una falsa sonrisa ocultara su cara de cansancio. Se trataba de dos jóvenes. Un chico y una chica. Ambos casi brillaban de palidez, pero gozaban de gran hermosura. El chico vestía completamente de negro, excepto una camisa blanca que dejaba ver a través de su sudadera abierta. Por su parte la chica tenía un cabello casi tan hermoso como su rostro angelical, totalmente liso, de un color rubio claro rozando el blanco. Llevaba un vestido de rayas negras y blancas horizontales. A la primera impresión Claire no recordaba conocerlos, eran adolescentes, es decir, muy mayores para haber sido invitados por su pequeño. Pudo contemplarlos aproximadamente tres segundos tras abrir la puerta, sin mediar palabra, antes de que sintiera un duro golpe en la mandíbula que la tumbaría de inmediato. Se puso muy nerviosa, supo que algo malo pasaba en cuanto incorporó su cabeza de nuevo. Ambos entraron en la casa. El chico se acercó a ella y le propinó una breve serie de golpes con un bate de béisbol de madera. Claire estaba demasiado preocupada sobre lo que hacer para proteger a Sam como para sentir dolor. El rebaño de niños estaba al otro lado del salón, tras la puerta corredera, sin ser conscientes de lo que ocurría. De nada servía gritar, pensó. Quedó inconsciente.

Despertó, sin recordar bien que le había sucedido.»Dos de ellas son hermanas» oyó tras la puerta, que daba al salón. No reconocía la voz del chico que emitía esas palabras. «No olvides el video, y sonreir», de nuevo dijo el chico. Se limitó a abrir los ojos lentamente, confusa. Como un flash, las imágenes del ataque sufrido tiempo antes le llegaron a su cabeza. Un seco grito intentó salir de su boca con angustia, pero logró atenuarlo en su interior. Se escuchaban llantos de niños. Y golpes. Y más gritos. Y más golpes. Pero no oía la voz de su Sam. «Quiero golpearlos, ¡golpearlos!» oyó.

No movió ni un dedo, no sabía qué hacer. Allí quedó tirada Claire, en el suelo del recibidor de su propia casa, intentando guardar la calma lo máximo posible. No supo cuánto tiempo había transcurrido desde que quedó inconsciente, pero por la ventana pudo contemplar que el atardecer introducía a la noche. Intentó agudizar el oído, tenía que saber qué pasaba al otro lado de la sala. «Golpéalo detrás de la cabeza» escuchó. Luego un golpe seco. Y luego silencio. Se le encogió el corazón. Por un momento tuvo la certeza de que un par de descerebrados le habían arrebatado a su hijo. El hecho de no escuchar ya a ningún niño tras la puerta corredera había acabado con todas sus esperanzas. No podía quedarse ahí tirada, tenía que levantarse, llamar a la policía. Tenía en teléfono fijo cerca, tras el sofá, sobre la mesilla. Tenía las piernas prácticamente inutilizables. Le dolía todo, le dolía el alma.

Se levantó como pudo del suelo, hizo un grandioso esfuerzo y avanzó lentamente hacia el teléfono, haciendo el menor ruido posible. Tuvo su objetivo tan cerca que pensó en dejarse llevar por el pánico y lanzarse sobre el teléfono. «Oigo pasos» dijo una voz tras el telón del oculto espectáculo.

Le entró un calambre indescriptible por todo el cuerpo cuando la puerta comenzó a correrse lentamente hacia un lado. Tras ella estaba el chico. Éste la miraba, con el bate que causó su derrota apoyado en el hombro. Tras él pudo contemplar lo que antes habían sido sus cortinas azules del salón, ahora con tonos rojizos. El muchacho se paseaba  tranquilo por la casa, como si fuera suya, ignorando a Claire. Ésta pudo contemplar que no quedaba ni un globo lleno. Ni un niño en pie. Tras el muchacho salía la chica, con el vestido cuyas rayas blancas y negras, se había convertido en rayas rojas y negras. Ya había visto suficiente rojo. Pensó en desplomarse sobre la moqueta de nuevo, cerrar los ojos y desear que pasara lo que tuviera que pasar. Sin llantos. De hecho, así lo hizo.

El silencio de la situación se hizo insoportable. Tenía ante ella a los dos angelicales demonios que habían causado el mayor infierno jamás imaginable. Y ante ello se limitaba a cerrar los ojos y esperar. Pero Claire no pudo evitar abrirlos cuando notó que una fría mano le agarraba la barbilla con suavidad. Abrió los ojos y era ella, la chica. Le dolía profundamente reconocer su belleza. El chico lo grababa todo con una cámara de vídeo. Claire tenía la cara de aquella verdugo a escasos centímetros de la suya, podía notar su aliento, la sangre de sus manos y la frialdad de su mirada. Seguidamente, la adolescente le dio un beso en la frente, con ternura. «Buenas noches», le dijo. Se levantó, y ella y el chico se dieron la mano. Ambos salieron tranquila y amistosamente de la casa por la misma puerta por la que habían entrado, dejando a Claire en el suelo, estupefacta. «Eres un asesino, chico del cumpleaños», se la oyó decir mientras se alejaba, hacia la puesta de sol, al final de la calle.

Mientras tanto, el mundo seguía su curso.

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