Tinta III

Abro los ojos lentamente y aun así tengo que volver a cerrarlos a causa de la luz. Los vuelvo a abrir, todavía más lento. La luz me afecta tanto porque los rayos de sol que entran por la ventana se reflejan aún más, si es posible, en las paredes pintadas de blanco. No sé cómo he llegado aquí, pero estoy tan cansado que no me da tiempo a pensarlo antes de volver a quedarme dormido.

Lo siguiente que vuelvo a ver es mi habitación, esa en la que volaban bolas de papel y el suelo se cubría de bolígrafos dispuestos a clavarse en mi piel. Lo recuerdo todo como si hubiera pasado de verdad. Ahora estoy en esa habitación, pero no hay nada. Nada especialmente extraño, nada que me recuerde que has pasado por aquí. No sé qué va a ser lo próximo, pero al menos estoy en un sitio que reconozco. Me digo una y otra vez que no puede ser tan malo.
No sé muy bien cómo, y sin tener mucha consciencia de ello, los días van pasando todo lo normales que pueden. Me acostumbro a esa normalidad, en parte sabiendo que en breve voy a arrepentirme de haberlo hecho. Sin embargo, excepto pequeñas excursiones al cuarto blanco, en las que sólo soy capaz de quedarme en la cama porque no puedo levantarme ni sentir agobio, miedo o nervios, esta extraña normalidad sigue envolviéndome y no salgo de ella. Tampoco lo intento.

Una noche, sin previo aviso, noto que te mueves a mi lado en la cama. Me quedo muy quieto, con el corazón a punto de explotar en mi pecho. Imagino mil y una situaciones en las que me giro, te miro y puedo tocarte. Quizás sólo me quedo mirándote mucho tiempo. Pero los minutos pasan y soy incapaz de hacer nada. Cuando alargo la mano tímidamente hacia tu lado de la cama ya te has ido. Hasta las sábanas están frías. Frías y azules. Esto se convierte en nuestra pequeña rutina: tú vienes todas las noches y yo comienzo a no dormir.
A veces, estás tan cerca que casi puedo tocarte. Otras, en cambio, desapareces delante de mí y lo único que queda cuando el aire rellena el vacío que deja tu cuerpo es tu aroma y un reguero de tinta azul. Siempre azul.
Maldigo a mis sueños por ser tan reales y no dejarme pasar página, por no dejarme escapar de ti.
Por no dejarme escapar de mí.

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