Gryllidae.

Nunca había entendido ese concepto de tiempo, nunca había usado tal palabra. Las estaciones intentaban sin embargo darle respuestas, y una vez una hoja ya mustia que caía a unos cinco centímetros por segundo, le gritó. Pero los humanos y las hojas no tienen el mismo lenguaje. Y un ruido incesante surgió entre ellas. No pudieron comunicarse, no pudieron entenderse.

Un día conoció a un grillo, que saltó al alfeizar de su ventana. Ella lo vio a través de la persiana, y la abrió. Quería presentarse, pero de nuevo el grillo saltó y fue a parar al sendero que bordeaba la casa. Al día siguiente lo encontró muerto, con dos patas menos y las alas rotas. Probablemente había tenido una disputa con otro grillo. Los grillos son muy combativos y territoriales.

Empezó entonces a ser consciente del cambio, del tránsito. Del cruce de caminos y del paso en barca del río. Se preguntó por el último salto del insecto, y por qué había huido de ella y no de la muerte. Los grillos no huyen de la muerte.

Y empezó a figurarse lo que el tiempo era, porque antes conocía a un grillo y ahora conocía a un grillo muerto.

La prueba irrevocable del tiempo le llegó un día ante el espejo. Realmente no le importaba su aspecto, ni siquiera había pensado en él. Sin embargo le obsesionaba su imagen por sí misma, no por lo que los demás pensaran. Nunca había imaginado que el mundo estaba educado en juzgar a los demás. Los humanos también se agredían, como los grillos. Le obsesionaba observarse y entenderse a sí misma, a su rostro, como muestra física de lo metafísico, de lo irrepresentable. Todo ello sin saberlo, por supuesto. Porque tratar de encontrar alguna reminiscencia de nuestro interior en nuestro exterior y hacerlo a sabiendas, no sirve de nada. Pero ella lo hacía sin saberlo, simplemente no buscaba, sino que directamente encontraba. Y un día, se observó un incipiente bigotillo por encima del finísmo labio superior. Una pelusa que le quitaba lo que el mundo siempre había entendido como feminidad, pero que en definitiva le daba esencia de mujer. Su madre apareció en la puerta del baño y sonrió. Había que quitarse aquel bigote para ser más mujer. A ella no le gustó. Porque el tiempo había decidido que aquello estuviera allí.

Más tarde ella misma querría depilarse aquel bigote, para tener una vez más, una prueba de la existencia del tiempo. De que el tiempo cambia mucho más que la apariencia.

Y en el última instancia, el tiempo haría que aquella niña buscara grillos en otras ventanas.

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