Sin embargo, nadie sabía su dirección.

Sin embargo, nadie sabía su dirección.

No quería coger el tren. De algo me tendría que servir tener 4 brazos. Me planté prácticamente donde el puente pierde el nombre a hacer autostop. Había escrito en el cartón que quería ir a donde estuviera ella.

Con la frente aún azul, la camiseta manchada de pintura roja, dos brazos de gomaespuma en el pecho, arena en los zapatos y los labios cuarteados por la sal me levanté cuando el sol era más fuerte que el sueño. Estaba apoyado sobre el cartón que le servía como mesa y aquella odiosa peluca. Se había ido apartando un poco los restos de botellas que había en la acera. Cogí los bártulos y tiré la peluca. Anduve pegado a la playa hasta que Cádiz quedaba lejos. En Cortadura volví la vista, no me sobraba el tiempo como para ponerme a escuchar coros.

Me faltan manos incluso con las extra para contar los besos que nos damos. Es la hora en la que en verano los jubilados bajan con las sombrillas a marcar territorio. La pintura no es amiga de la arena y nos vamos de la playa antes de que un guardia civil con uniforme en lugar de disfraz nos recuerde cualquier norma al respecto. Hay un lugar en Cádiz donde todo el mundo tiene una foto con la Catedral al fondo. En ese lugar, donde a esas alturas ningún japonés ni coriano va a retratarse, me tumbo sobre sus piernas y le quito de nuevo la peluca rubia. Desde luego la necesitaba para el disfraz, si no sería simplemente la morena más guapa que había en la plaza de Mina por la noche.

Habla siempre de lo que sepas, o con imaginación para hacer creíble lo que te inventas. Ese es el mejor consejo que puedo darle a alguien a la hora de conocer a otra gente. Hablamos de cine, música y literatura a voces (siempre en ese orden, según en lo que es más fácil de coincidir en gustos), dado el jaleo que aún había en la plaza. De alguna manera di con otra botella de cerveza en uno de los viajes a las calles donde hay un sanitario en cada adoquín, o la gente se los imagina. A la vuelta a la plaza sigue estando allí. Una hora más de charla y sus amigos ya se marchan a otro sitio. Me hago el remolón cuando los sigo. Me da la mano para no perderme y se la aprieto para no perderla.

Apuro la cerveza cuando me pregunta de dónde soy. Qué más da, acabo de hacerme una promesa de que veré siempre el telediario. Ella es barcelonesa residente en Badajoz y estudiante en Sevilla que ha viajado a Cádiz tras acabar los examenes. Un “Ay” se me escapa para adentro cuando me dice que le encanta el carnaval de Cádiz, pues nadie que haya pisado Sevilla antes que la tacita suele ser fuente fiable en esas lides. Aparto la vista entre cansado y decepcionado, mientras me dice que es más de chirigotas, que le encanta la ironía y que vaya pena la de tener que volver al día siguiente, que ni siquiera la habían dejado escuchar el pregón. Un martillo golpea mi cabeza, un matasuegras suena en mi oído y un plumero me limpia la cara. Le digo que la chirigota de los vascos… y me corta con que incluso merecían más, aunque le encanta Vera Luque.

Con algo de remordimiento por no saber de quién exactamente voy disfrazado ni de quién va disfrazada una de las que antes identifiqué como Susana Griso con coloretes, me acerco a su grupo. He de reconocer que hace muchísimo que los telediarios me aburren, el mito de la política como arte de organizar la sociedad hace tiempo que se derrumbó, y el del periodismo como arma crítica sólo sirve para un cuplé de comparsa, es decir, sin gracia. Quizá por eso no caiga en otra rubia-pija presentadora de telediarios desde la ahora reinona del periodismo amarillento y morboso de las mañanas de A3. De todas las bromas, chistes o incluso piropos que se me podrían haber ocurrido sólo se me ocurre el de hacer como que cambio de cadena. Maravilloso, soy el nuevo Charlie Chaplin. Quizá mi disfraz de Avatar arácnido le haya causado más gracia que la misma tontería del mando. Me presento y se presentan los cuatro, poniendo unos folios en orden con un ensayado gesto televisivo. Ada. Me ahorro quedar en evidencia de nuevo preguntándole por qué ese disfraz cuando sólo con una h lo tendría ya hecho.

Plaza de Mina y millones de personas allí metidas. Quizá sean sólo 2 ó 3, pero siguen siendo millones. Es difícil perderse en Cádiz debido a su reducido tamaño, aunque parece ser que aquel lugar es punto de encuentro y reunión de todos, y la plaza de la Catedral hace tanto que está repleta que tienes suerte si puedes pillar una de esas congas-autovías que la cruzan con destino a la Viña o Puertas de Tierra. Millones de personas y un grupo de cuatro presentadores de telediarios con mesa y vaso colgados del cuello, con pelucas a lo Susana Griso o corbatas a lo Matías Prats. Si su banco es cada día el de más gente en aquellos momentos el banco de piedra era de tanta gente como lo es Bankia. Millones de personas y un dios azul con varios brazos que tiene como única ocupación beber de una litrona ya caliente sin que alguien con más manos que Shiva, o Ganesha le robe la cartera y la única forma de volver de Cádiz.

De perdidos al río. Me siento solo y serio en el cercanías. Cortadura. Estadio. Segunda Aguada. Con suerte podré llamar a mis amigos por si es que hubieran perdido el tren desde alguna cabina, si es que algo tan del s. XX sigue existiendo. San Severiano. Cádiz. La marea de payasos se baja del tren, y no todos vestidos de clown, hay muchas enfermeras y trabajadores con un mono azul y casco de obrero. Ni aunque toda la gente con empleo de la provincia despempeñase esos oficios habría tantos. Este año hay millones y millones de minions, criaturas amarillas más o menos parecidas a los originales, los hay desde hechos con foam a quienes van pintados de amarillo con un peto azul y gafas absurdamente grande. Las autoridades deberían intervenir y prohibir que eso se llamara disfraz.

Carnaval, baile de máscaras y caras pintadas, de coloretes y morazos, de compromiso con el libertinaje. A veces no sabes cómo has acabado tú en un lugar como ese. O en una situación como esa. Azul como un pitufo, en una estación donde sólo para el cercanías y rezando al dios Momo, el único en el que merece la pena creer, por no encontrarte con un hindú al que le ofenda tu ridículo disfraz de Ganesha, o Visnú, la breve documentación no ha solucionado mi desconocimiento absoluto sobre esa religión, aquí los badulaques son regentados por ciudadanos chinos y ni siquiera he hecho el esfuerzo por conocer la suya. Para colmo el chip de obsolescencia programada se ha activado en una situación inmejorable, dejándome tirado segundos antes de que el plan de ir a Cádiz el sábado de carnaval se fuera al traste porque los estómagos de los otros dos Visnús, o Shivas ya estuvieran pensando en las fallas.

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