Apología ermitaña

Acabo de cenar rápido, no me interesa ningún tipo de contacto humano. Mi madre ha invitado a cenar a toda la familia y yo, al igual que cuando estoy rodeado de cinco personas, o de cuando estoy con tres o cuando simplemente viajo en el autobús con alguien al lado, me siento incómodo. El último trozo de pollo se niega a bajar por mi garganta y me veo obligado a levantar la vista del plato y pedirle a mi tío que me dé la botella de agua. Él se ríe de mi expresión de congoja y de mis ojos un poco más salidos de sus orbitas que de costumbre. Eso me escama aún más que su mera presencia, en realidad, a lo largo de todos estos años me he dado cuenta de que puedo encontrar irritante casi cualquier cosa procedente de otra persona: la necesidad por hacerse notar, la mediocridad que yo mismo tengo, una risa bobalicona que hace que parezca que tiene la misma edad que yo mentalmente o incluso una determinada sombra de ojos. Soy un chico, según la sociedad no debería fijarme en esas cosas, pero yo me fijo, incluso odio las chanclas que dejan al descubierto los pies, no me gustan los pies de las personas, tampoco los míos no vayáis a pensar que soy un hipócrita pedio.

Finalmente el pollo llega a mi estómago y subo las escaleras de dos en dos, incluso de tres en tres, tengo prisa por dejar atrás esa aborágine de risas forzadas, de batallitas y de preguntas personales que siempre me niego a responder. Enciendo la pantalla del ordenador para encontrar el único acompañante que no me molesta, su brillo catódico: no habla y puedo prescindir de él cuando quiera, sin más que pulsar un botón. Siempre he pensado que las relaciones personales tendrían que estar igualmente a mi servicio, tenerlas sólo cuando me conviniese y no tener que cultivarlas durante todo el tiempo para tenerlas disponibles en un momento de necesidad social.

Abro un editor de texto lo más simple posible, incluso ese maldito clip con ojos de Quique San Franciso me resultaba molesto, ¿es que acaso no podía quedarse simplemente escondido y salir al rescate cuando lo necesitase? Pero supongo que esto es una postura totalmente árida y desprovista de sentimientos, no es que sea un experto en las relaciones sociales precisamente. De hecho siempre me he considerado ese hombre de hojalata del Mago de Öz. Pero a mí no se me ocurriría jamás perdir un corazón, ¿para qué quieres pedir una debilidad?

Cuando eres capaz de sentir algo especial por alguien es como si te pusieras una diana para que pudiesen darte cómodamente los palos, tú mismo eres el arma de tu enemigo, no necesita traer una navaja de casa para hacerte daño: cuando esa persona viola tu secreto, rumía tu cariño o demole el pedestal donde la tienes situada entonces te quedarás destrozado. Desnudo, con el frío recorriendo todos los rincones de tu cuerpo, se te abrirán pequeñas heridas que escocerán cuando viertan sobre ti un poco de algún alcohol figurado: una foto, una canción o un olor, cualquier sentido es apropiado para darte una patada en las costillas.

Ahora que lo único que escucho es el ruido percutor e hipnotizante de las teclas al ser golpeadas por mis dedos me regodeo en mi soledad, me gusta y yo le gusto a ella, no tiene voz así que no se puede quejar, pero sí tiene unos grandes brazos y me rodea con ellos, me da su aliento y me mece con una nana siniestra. Es una compañera fiel, cuando la busco la encuentro, en otras ocasiones en que el día es más soleado que de costumbre o en el que alguna neurona traviesa me ha hecho desear la compañía ajena, me encuentra ella. En parte es justo, no puedo tener a la gente solamente cuando me haga falta, tampoco me importa demasiado, me bajo alguna película y me tumbo dejándole un hueco para que se acurruque a mi lado.

La gente piensa que el ser humano necesita el contacto social para evolucionar, pero en mi opinión sólo lo necesita para evolucionar en la vida social, hoy en día el conocimiento está al alcance de un click, casi cualquier cosa se puede hacer ya por Internet, con lo cual, aparte de un capricho, ¿qué es sociabilizarse? Nada. Es un placer más, y como cualquier placer depende de los gustos de cada cual. Por ejemplo, cualquier niño se muere por ir a un parque de atracciones con sus amigos, yo en cambio siempre he soñado con recorrer uno cuando esté cerrado para poder ver en qué se convierte ese mundo cuando las luces se han apagado, los colores pasan a escala de grises y el único sonido es el de las hojas arrastradas por el viento y los engranajes de las atracciones que se estremecen.

Me estirazo y giro en la silla haciendo una parada para mirarme en el espejo de mi armario, mi reflejo me mira intensamente, sin apartar la mirada, cojo la botella de cristal y la tiro contra él, se hace añicos, pero al menos ya estoy solo, sin nadie que señale mi aislamiento con un dedo acusador. ¿Será que la soledad reflejada muestra su verdadera cara? No lo sé, pero de pronto me da miedo seguir escribiendo sobre ella, me da miedo seguir solo. Bajo las escalerar y pongo mi sonrisa más familiar.

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