Making off

Camino de la facultad, pienso en que llevo al menos una semana sin escribir y ninguna idea me ha rondado por la cabeza. Miro sin fortuna el blog en el móvil por si algún compañero hubiera publicado alguna entrada. El síndrome del folio en blanco es más contagioso y peligroso que el resfriado común. Pienso en las más que modestas estadísticas de visitas de nuestro blog, en que deberíamos hacer carteles ñoños para compartir en Facebook con frases de Coelho. Valoro posibles temas sobre los que escribir, lo que vende, lo que me gusta escribir, lo que me gustaría leer, lo que no he visto hasta ahora y la forma en la que me gustaría presentarlo.

Cuando pienso que esta semana no va a poder ser, que no me sale nada, oigo cómo un duende se baja del autobús. Salto del asiento y la puerta se cierra un instante después de que recuperara mi sombrero caído a lo Indiana. No era mi parada pero continuaré mi camino cuando encuentre al huidizo duende. Me quito los auriculares de un tirón, podría usarlos para cazarlo cual res. Miro a mi alrededor aunque lo único que consigo es oír un leve cascabeleo, una leve melodía. Lo suficiente como para echar a correr en esa dirección. Me lleva más y más ventaja, pienso en que debería hacer algo de ejercicio. No he escuchado nunca que en Granada hubiera duendes. Quizá el romero que venden/colocan las gitanas sea mágico, pero juraría que ese duende llevaba patillas pelirrojas. Debe ser de Gibraltar, como poco. Doy por inútil la estrategia de intentar alcanzarlo corriendo y cambio de dirección, esperando que se desoriente y pierda por las calles. La carrera me ha despertado y ahora mi cerebro funciona a pleno rendimiento. Sigo andando a buen ritmo, pegado a la pared y mirando antes de cada cruce de calles en plan espía. No da resultado.

Lo doy por perdido y vuelvo al camino hacia la facultad. Me distraigo pensando en todas las cosas que tengo que estudiar, hacer y entregar y sin embargo estaba persiguiendo a un duende. Coloco los auriculares en el móvil y tarareo el principio de la canción que comienza a sonar. Justo cuando la canción rompe el duende pasa corriendo por mi lado. Es pequeño pero ha saltado lo suficiente como para darme una colleja. Encima. En un nuevo impulso. Me echo de nuevo a la carrera y lo placo de tal manera que Paul O’Connell estaría orgulloso de mí. Eso habría sido tarjeta roja, doble antideportiva y tres meses de sanción en la mayoría de deportes. Pero ahí está, refunfuñando y atado.

Tan sólo me falta guardarlo, ponerle un título, buscar una imagen y subirlo al blog. Otra entrada lista.

Esta ha sido la canción que tarareaba y a la vez el duende:

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