Un íntimo extraño

– «Disculpe señor, ¿en qué era nos encontramos?»
– «En la de la globalización chaval, ahora estamos todos conectados.»
– «Vale, gracias por su ignorancia.»
– «Pero será ca…»

No he podido entender bien lo que ha dicho, esa moto me ha despistado, y es que con ese tanga la chica no necesita llevar triángulos.
Pero sí que tengo la respuesta del hombre en la mente, me siento en la parada del autobús y aprovechando que acabo de perderlo comienzo a divagar, como una especie de Forrest Gump.

Ahora vivimos en un mundo lleno de redes sociales, que no son otra cosa más que un sucedáneo de las relaciones personales y una fuente de datos que nos importan desde «poco» hasta «una mierda» y por ello creemos que conocemos a las personas, que podemos adelantarnos a cada uno de sus movimientos, como en una de esas películas de serie B de un sábado por la tarde en Antena3. Al fin y al cabo ahora es cuando podemos conocer más sobre su vida, tenemos abierta una ventana a su día a día, a sus fiestas, a las flores de la calle que les han despertado un interés irracional por el juego de luces que forma el sol al pasar por un cable de alta tensión y a sus estados de ánimo traducidos en forma de canciones y de imágenes en blanco y negro (incluso algunos se meten con el sepia) con frases como: «mi destino son mis pasos y ahora piso fuerte» o «de tanto que te he llorado, se me han secado los besos» (lo sé, no tienen sentido, me las acabo de inventar, pero sabéis que son cosas por el estilo). Y en realidad no somos capaces de notar que no conocemos a nadie, nadie se deja ver.

Nunca llegamos a imaginarnos todos los escenarios que pueden darse, todas las posibles combinaciones de factores que harán que, como aquella mariposa que se disfraza de Eolo para provocar un huracán, la persona que consideramos más íntima se convierta en un extraño. No importa la cantidad de tiempo que la conozcamos, cuántos secretos sepamos de ella o cuántas veces nos haya repasado su lista de valores de la A la Z (creedme hay gente que puede tener valores y cualidades que empiezan por W, todo es cuestión de amor propio). El ser humano por mucho que se empeñe en depilarse y sacarse las cejas no es más que un amasijo de carne y huesos, con una red neuronal que lo controla todo, algo biológico e imperfecto.
Vulnerable, como esa mosca a la que un niño pequeño o un adulto resentido le ha arrancado las alas, sin otro arma que frotarse las patas delanteras. Un ser a la espera de estímulos y que no tiene controlada su reacción a ellos: una chica guapa, una ruptura, una navaja en la garganta… Quién sabe qué nos hará cambiar el comportamiento, qué tomará nuestro cerebro y lo moldeará como arcilla.

– «Ay que cansada estoy…»
– «Tenga señora siéntese.»
– «Gracias, hijo, no hacía falta prenda.»
– «Ya, es que las indirectas del aire me estaban empezando a asfixiar.»

Con lo cual nadie está a salvo de la mutación ni de los mutantes. Pero cómo podemos reaccionar ante esto. ¿Tenemos que protestar, patalear o gritar mientras escupimos en la cara del farsante? O quizás, lo mejor sea adaptarse, hacer cómo que nada ha ocurrido, que todo sigue igual, que así era él o ella, no hemos descubierto nada nuevo. Hay una última posibilidad más difícil, hablar con él, explicarle que acaba de pisotear sus ideas, que ha dejado atrás a su personalidad y que como un travesti a las dos de la mañana, ese nuevo disfraz no le queda bien.

– «Ya está ahí el autobús chico.»
– «Oh, gracias. Casi lo pierdo de nuevo.» – por suerte hay sitio al fondo y puedo sentarme junto a la ventana a dejar que mi cabeza golpee contra el cristal por cada bache de la carretera.

Como iba diciendo, o como iba pensando, lo mejor es mirarlo a los ojos. Preguntarle qué fue de aquel que conocíamos, si se siente cómodo con su nueva forma de ser. Invitarle a empezar de cero, que se vuelva a encontrar a sí mismo, que arranque todos esos motivos que le han llevado hasta ahí.
Esto no va a ser fácil, normalmente el afectado no suele darse cuenta, o al menos no identifica los síntomas con lo que tiene. Se siente fuera del mundo, como un zombie o un autómata, no sabe qué le pasa, lo ve todo desde fuera y, aunque no le gusta lo que ve, como en una pesadilla donde corremos sin movernos del sitio, no es capaz de hacer nada.
Tampoco será capaz de recordar cuándo comenzó todo, en qué momento empezó a ser otra persona, a no apreciar el mismo mensaje en una canción, en no reírse como un niño al que le hacen cosquillas en la tripa. No sabe dónde está aquella personalidad confiada, que si bien no podía con todo al menos lo intentaba.

En alguna ocasión la lucha puede ser más dura de lo que pensamos, algo así como un tira y afloja. Él normalmente lo negará todo, o incluso no nos escuchará. Pensará que está todo bien, que simplemente está raro porque el tiempo es muy cambiante en esta época del año. Hasta nos mandará a la mierda.
Entonces intentaremos que tome conciencia de sí mismo, le daremos un par de collejas (la primera a modo de terapia y la segunda por mero disfrute personal), le clavaremos un par de vigas en los ojos para que vea los nuevos defectos del ser patético en el que se ha convertido.
Le podemos mostrar fotos que le recuerden hechos pasados y en ese mar de recuerdos quizás pueda reconocer a su Fulanito del pasado. Pero hay a quien esta enfermedad se agarra a él como una garrapata al muslo de un niño gordito o como un desgraciado al de Rosana La Jamona cuando la hora ya ha llegado a su fin.

Y entonces, cuando desesperados soltemos un suspiro, nos daremos cuenta de que el cristal del autobús se ha empañado, y que aquel extraño era nuestro reflejo.

 

 

 

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