Capítulo I: Difunto patrón

Él no quería pertenecer a la hermandad. Él no quería ser el hijo de quien era. Él nunca haría esas cosas. ¿Cuántos pecados les perdonaba cada día su Dios?

Tras aparecer el cuerpo del hermano mayor de la cofradía tiroteado en una cuneta todo parecía desmoronarse. Su propio padre asesinado. Ni su hermana ni su madre sentían de verdad las lágrimas que derramaban. Hacía mucho que en la familia no había ni siquiera cordialidad. Pero el divorcio era tabú en casa.

Cofrade desde no recordaba cuándo, costalero desde que alcanzaba los palos, primogénito del cabecilla de una red de traficantes y extorsionadores. El final de su padre no les pillaba por sorpresa totalmente. En cambio, que ocurriera en los últimos días de cuaresma, eso sí que sorprendía a Juande, que así se llamaba, no podía ser de otra manera. Juan de Dios Corcuera Domecq. Y de familia le venían sus males…

Parecía evidente que las fechas elegidas para ejecutar a su padre eran premeditadas. La muerte de un presidente cofrade causaría mayor impresión en Semana Santa, dejándolo bien al paso de la gente, a alguien pretendían amedrentar.

Mientras esos pensamientos no dejaban de perseguirle, él se esforzaba en quitárselos de encima por su propia seguridad. Que a nadie se le pasara por la cabeza que él relevaría a su padre. Daba igual los motivos de ese asesinato, sólo debía continuar con su vida lejos de Sevilla. Era el mejor momento de marcharse de allí. No más procesiones, no más saetas ni olor a incienso, no más presiones por mantener una “verdadera familia católica”.

La presión de la hermandad a las autoridades consiguió que el caso se archivara. Era curioso el poder que se conseguía con la Fe y cómo la corrupción estaba tan ligada con el nombre de Dios. “La familia quiere cerrar la herida y pasar el duelo en la intimidad” era la versión que todos defendían, y ninguno reconocería los intereses clandestinos y el sentimiento de venganza.

Tras la misa del entierro, su padrino (y segundo cabeza tras su progenitor), le pidió que le acompañara a la casa de la hermandad. Se confirmaron sus temores cuando en el despacho de su padrino se encontraban dos de los costaleros más corpulentos. Conocidos de su infancia que muy pronto prometieron lealtad al clan. Disfrutaban de su labor como matones.

El miedo ya se apoderaba de sus músculos. Sólo debía escuchar lo que quisiera decirle su padrino y salir de allí. Sin importar lo que tuviera que pedir o contar, él quería irse y no involucrarse más. Quería quitarse de la vista a esos dos perros de presa y al hombre que les traía carnaza. ¿Por qué debía tener miedo, si eran sus hermanos? El estrés de la escena le llevó a saltar de la silla que le ofrecieron con sólo el ruido de unos nudillos en la puerta. ¿Más gente? Como si pudiera huir de los que ya le acompañaban…

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