Capítulo II: No nos dejes caer en la tentación

Tic, tac, tic, tac…

Odiaba el sonido del reloj cuando pretendía dormirse. El martilleo incesante producido por la aguja del segundero le taladraba los sesos, haciendo apología del insomnio. Todo el cuarto estaba engullido por la oscuridad. El tic, tac seguía sonando de fondo, y a su lado, una prostituta respiraba cálidamente, dormida, y con el bolsillo bien lleno. Había necesitado una compañía humana en una noche como aquella. Un cuerpo contra el que apretarse, unos pechos que estrujar hasta casi hacerle daño a la pobre chica, y algo con lo que descargar su furia. Javier estaba muy nervioso, y quizás ese era otro motivo por el cual no podía dormir. Javier debía matar a una persona, y aunque no era la primera vez que lo hacía… temía por las consecuencias de sus actos.

Se situó frente al crucifijo que colgaba en su salón. Aquel Cristo le pareció terrorífico debido al haz de luz que le contorneaba la silueta. Era un Cristo demasiado delgado, se dijo, pero hasta ahora no parecía haberle concedido importancia. Al fin y al cabo, si pudieron matar a Jesucristo, cualquiera podía ser asesinado, concluyó Javier. Se santiguó, arrodillándose, y comenzó una oración:

«Señor, perdona mis pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…» -tuvo que parar. ¿Qué coño le pasaba? -«Perdonamos a los que nos ofenden», repitió. Tragó saliva. Estaba temblado. Quizás fuera culpa del suelo, tan frío, en contacto con sus piernas desnudas, aunque en el fondo sabía que todo provenía del miedo. «Líbranos del mal. Amén». Volvió a dibujar una cruz en su cuerpo con los dedos y se dirigió de nuevo al cuarto. Echó a la puta y comenzó a vestirse.

Sevilla opositaba a desierto a esas horas de la noche. El viento que soplaba era frío aunque la temperatura se hacía muy agradable. Se deslizaba entre las sombras con parsimonia, andando ligero y con los hombros encogidos. Da igual dónde se colocara la pistola, siempre le daba la sensación de que se notaba el bulto demasiado. «Dame la templanza que siempre me otorgas Señor», rogó a las alturas. Sólo la primera vez había estado más excitado que en esta ocasión. Entre una situación y otra habían pasado otras 8 ó 9 muertes. Fáciles, como un juego de niños, casi inadvertidas a lo largo de sus más de 40 años en el oficio. Él escribía la historia de esta ciudad, de sus entresijos y sus juegos de poder… hasta hace bien poco.

Su presa estaba justo dónde él esperaba encontrarla. Indefenso y confiado, Roberto Corcuera, patrón de la cofradía más poderosa y jefe de las calles del lugar, fumaba un cigarro bajo el simbólico Arco de la Macarena. Avanzó con sigilo y astucia, valiéndose de la propia edificación para no ser visto, colocándose en la posición más idónea para ejecutar el disparo. Estaba en el lugar perfecto, desde allí podría matarlo con facilidad de un único intento. Pero no debía suceder de aquella manera. Dio un paso más y dejó que la luz de la farola lo iluminara.

-¡Eh, Corcuera!-susurró al patrón. Este respondió con un respingo y a punto estuvo de arrojarle el cigarro a la cara. Luego comenzó a reir despreocupado.

-Menudo susto me ha dado, padre.-dijo mientras resoplaba.-Bueno, usted dirá ¿para qué me ha citado a estas horas?

-Mejor entramos en la Basílica, que nunca se sabe quién puede estar escuchando.

-Como quiera.-espetó Roberto mientras apagaba el cigarro y expulsaba una última nube de humo.-Usted primero

Una vez dentro de aquel lugar sagrado, Javier Márquez, padre de la Basílica de la Macarena, desenfundó su arma y disparó tres veces al pecho de Roberto Corcuera, matándolo en el acto. Y ahora estaba allí, llamando a la puerta del despacho de la casa de la hermandad. Allí le esperaban con Juande, el crío al que debía convencer para que hiciera lo correcto. De lo contrario tendría que tomar el mismo destino que su progenitor. «Lo cual sería una verdadera pena», se dijo mientras sonreía.

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