Capítulo IV: Agua.

Y a pesar de todo, ya era Lunes Santo. Cuando las hermandades correspondientes guardaban La Borriquita, hervía ya el alboroto en las inmediaciones de la Basílica del Santo Dolor de Jesús, hogar de la Hermandad de La Yedra.

El Lunes Santo también empezaba con los primeros trajes negros, perfectamente almidonados, que se paseaban por la calle. Empezaba con la discusión entre feligreses : ¿era hoy cuando no se podía comer carne? Empezaba con la madre quitando los guijarros de cera del año anterior adheridos a la túnica. Con el padre quejándose, esas cosas había que hacerlas antes. La túnica morada, como mandaba la liturgia, pues el Lunes Santo aún era Cuaresma, se extendía sobre la mesa y a su lado, el capirote perfectamente ceñido al cono de cartulina negra ya medido y adaptado a la cabeza del niño. Hoy se comía fuera (¿pero se podía comer carne?).

Pero cuando empezaba de verdad el Lunes Santo, era con la primera mirada al cielo. Ahí empezaba la fe de muchos, esa fe que duraba solo un día. Esa fe aparecía y desaparecía en los pasillos y en las camas, esa fe que se exterminaba con las primeras gotas de lluvia. Esa fe esperada, la que llevaba un año forjándose en la parte más visceral del hombre; una fe cultivada desde el primer año de primaria, cuando una graciosa y diminuta procesión era mostrada por todos los niños y niñas de los colegios de Sevilla: había que rendirse a la tradición, siempre.

Lo curioso de todo esto es que los Lunes Santos que llovía, eran los más esperados por hombres poderosos de la Hermandad. Porque si la procesión salía, los feligreses luego querían felicitarte, irrumpir en olas de alegría en los pasillos de la Basílica, y tocar a su Cristo y besar las manos de su Virgen, una virgen que era de todos menos de ellos. Porque los días en que salía la procesión, todo estaba estructurado, cada uno de los penitentes tenía su lugar en el desfile y si por alguna circunstancia había que dar un escarmiento a alguno, las autoridades podían conocer sin problema alguno quién había sido la víctima. Cosa que no ocurría los Lunes de lluvia. Todos los fieles se apretujaban dentro de la nave central, entre llantos y gritos de desolación. Y ahora no se quería besar las manos de la Virgen, ni tocar los clavos de Cristo. Y si alguno salía con la cara hinchada, pocos sospecharían y menos darían importancia a estas sospechas.

También los Lunes Santos de lluvia eran la oportunidad perfecta de que los cargos superiores de la Hermandad entraran en contacto con los fieles más humildes, aquellos que pedían a la religión una cura para su marido enfermo, o un trabajo para el hijo en paro. Era el momento perfecto para que Juande, que la noche anterior salió de la Casa Hermandad como nuevo Hermano Mayor, se hiciera fuerte y popular entre la base social que sustentaba aquella gran familia.

El chico estaba aún algo consternado por lo que la noche anterior pudo observar, cómo su padrino se opuso a que él sustituyera a su padre en el cargo, cómo Don Francisco lo defendió y sobre todo, la aparición de Don Javier, el cura. En el momento más trascendente de la reunión, las alarmas de la Basílica habían saltado. Los dos gorilas (que eran la Cruz de Guía y el costalero mayor respectivamente) salieron a paso rápido. Uno de ellos abrió con autoridad la puerta que daba al pasillo nexo a la nave central de la Basílica.

Allí estaba el cura, encima del ya preparado misterio ( o paso, también llamado) de Nuestro Señor Jesucristo de la Yedra, un prendimiento esculpido en madera, allá a principios del siglo XX por un escultor anónimo.

-¿Padre, qué hace ahí encima? -preguntó algo exasperado Don Francisco.-

-Estoy rindiendo homenaje a nuestro difunto Roberto.

El chico se estremeció al oír el nombre de su padre, pero más aún, si la situación y los antecedentes lo permitían, al ver que el párroco estaba colocando en la fina túnica de seda que la figura que representaba al hijo de Dios llevaba, el pin de oro que su padre acostumbraba a llevar en la solapa de la chaqueta y que no había sido hallado junto al cadáver.

-Mañana, -empezó el párroco- tu padre tendrá el homenaje que se merece. Verá a a su hijo ordenar la primera levantada de Nuestro Señor de la Yedra.

Lo que la religión y la fe nunca esperan, más por miedo que por experiencia, es que el Lunes Santo a las seis de la tarde empiece a llover. Pero los hombres fuertes de la Hermandad sí lo esperaban y lo deseaban con todo el corazón. Juande, como Hermano Mayor, tenía que salir al pedestal a anunciar que este año no saldría la procesión.

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