Capítulo VI: Hijos de Dios.

Los sábados salía Jesús de la Buena Muerte, a las seis y cuarto de la tarde, en la Iglesia de San Pablo. Siempre acudía mucha gente, pues los entendidos decían que era una de las salidas procesionales más complejas. La calle era estrecha y en pendiente, muchos cables de líneas telefónicas se cruzaban entre los balcones en los que señoritas un tanto morbosas esperaban bendiciones tras tirar los claveles, formando un manto rojo bajo los pies de costaleros y nazarenos. A mitad de la calle había una pequeña bóveda de medio punto. Cubría unos tres metros de calle. Este tramo era el más famoso de todo el recorrido de la Buena Muerte: los costaleros lo hacían de rodillas. En el momento en que se iban al suelo, se hacía un silencio total, ese silencio que debe de haber en el cielo. Solo un instante después, un trompeta entonaba una oscilante melodía, que marcaba el ritmo de los pasos de los que estaban allá abajo sufriendo. Cuando se veía la luz a través del palio, el capataz gritaba a viva voz y pleno pulmón: “!Nuestro Señor para el mundo¡” Y todos los asistentes que se congregaban tras y frente al paso, respondían en júbilo: “!Gloria, gloria, gloria¡” Para entonces los costaleros ya habían pasado el aprieto y soltaban. Entonces todos empezaban a aplaudir, y los dichosos que dispusieran de un balcón para admirar aquel espectáculo desde la tranquila y privilegiada distancia, se dignaban a acompañar a los pobres, y aplaudían también, sosegadamente.

 

Eso había sido siempre así. Pero esta vez había un balcón en que se respiraba un ambiente extraño, algo tenso. Había dos señoras y un hombre serio que no aplaudía. Era Don Francisco. En aquel balcón tenía que estar Juande, como era tradición. La Hermandad de la Yedra siempre estaba en el segundo balcón de la calle, sobre la acera derecha. Ese año faltaba uno. No se podían permitir echar a perder las buenas relaciones con la Hermandad de la Buena Muerte, y la ausencia del actual Hermano Mayor no facilitaba el asunto.

 

Cuando el paso vino a doblar la primera esquina, Don Francisco miró hacia abajo, y el Hermano Mayor de la otra hermandad lo estaba mirando fijamente. Aquel lo saludó con intención de estimar el daño que Juande estaba causando a las relaciones entre hermandades, pero el otro apartó la vista, indignado.

 

Inmediatamente, Don Francisco cogió el móvil, y llamó a Pedro Ramírez. ¿Dónde coño estaba Juande? Ramírez tampoco sabía nada.

 

El sábado a las nueve de la noche, Juande estaba esperando en su casa a que fueran a matarlo. Con la mafia no se jugaba.

 

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