Capítulo VII: Flores en domingo.

Juande estaba atado a una silla en el sótano del chalé que Ramírez tenía en Los Remedios. ¿O acaso era de don Francisco? Le habían dado tantos golpes que apenas podía mantener en su cara una estudiada cara de felicidad. Como si la paliza no fuera con él. Los matones de su padrino se estaban cebando con su rostro. A cada golpe perdía más y más sangre. Se le ocurrió que nada de eso hubiera pasado si en vez de el incienso hubieran prendido pólvora. La cara se le iluminó con semejante idiotez. No le podía quedar mucho.

-¿Te parece forma de respetar a tus mayores? Aprovecharte del apoyo que el cunero de Francisco te dio vete a saber por qué.

-Porque eres un incompetente, un impresentable y un asesino. Mientras me dejes con vida no dejaré que alguien de tu nivel sea el hermano mayor de La Yedra. Nunca he sentido a la hermandad como mía, ni siquiera cuando me pusisteis al frente. Pero a cada acción que realizas me demuestras que matar a mi padre era la única manera que tenías de acceder al cargo.

-¿Sabes? No lo hice por eso -con un leve gesto indicó a los gorilas que se marcharan -. Tengo que contarte algo que quizá no quieras escuchar. Quería ser el hermano mayor, no te lo voy a negar. Pero no llegaría a matar por eso. Hay otra razón mucho más importante.

-¡Explícame el motivo entonces! – gritó Juande mientras sentía que le iban a estallar las venas en la sien.

-Verás, hijo. Hace dos semanas tuve un sueño. En él Dios me decía que tu padre había robado 30.000€ de la caja fuerte con las colectas de la Iglesia. Fui a la Basílica en aquel mismo momento. Efectivamente faltaba ese dinero. Sólo nosotros dos y el padre Javier teníamos la clave.

-Mucho mejor confiar en el Dios de tu sueño y en un cura putero que en mi padre.

-El sacerdote estuvo en Madrid aquella semana. No había podido ser él.

-¿Hablaste con mi padre? ¡Seguro que habría una explicación!

-Él lo negó todo, pero no lo creí. Dios volvió a aparecerse en mis sueños a la noche siguiente para decirme que no debía dudar de su palabra.

Juande bajó la cabeza. Aquel Dios al que todos mencionaban era el amigo imaginario que los había vuelto dementes. Le importaban un carajo los 30.000€ desaparecidos, los diez mandamientos, el código penal, la hermandad de La Yedra, Macarena y hasta su propio padre. Si todos sus conocidos querían vivir en la jungla con un Dios sanguinario él pensaba ser la pantera que más hincase el diente. Levantó de nuevo la vista con la cara llena de lágrimas.

-Puedes soltarme. Confío en ti, mi padre llegaba muchas veces de la Basílica con una mochila cargada de dinero. Me decía que era para pagar al día siguiente el servicio de floristería. Te prometo que a partir de ahora las cosas se harán bien. Perdonémonos como cristianos, cofrades y hermanos.

Pedro lo soltó aún reticente. Antes de que su abrazo terminara Juande le había rodeado el cuello con la soga con la que estaba atado y le había quitado la pistola. A pesar del callo que tenía en el inicio de la columna vertebral logrado por sus años de costalero, a pesar de la papada producto de pescado frito, alcohol y poco ejercicio, la soga cada vez apretaba más su cuello. Ya apenas podía emitir ningún sonido por miedo a que un último tirón le destrozase la nuez.

-Dile a Dios que sé dónde mi padre guardaba el dinero. Y que te compraré con él una bonita corona de flores.

Cuando subió las escaleras del garaje los costaleros matones hicieron un amago de levantarse de la silla. Con una mirada y un leve gesto hacia la pistola que empuñaba se volvieron a sentar. Ellos estaban allí para obedecer órdenes y ahora tenían claro a quién debían hacer caso. Entró en la habitación de Pedro, cogió un pantalón y una camisa blanca. Se duchó y se fue a su casa para ponerse de punta en blanco. Llamó a don Francisco, quien no le cogió el teléfono por tres ocasiones. Llamó a Macarena.

Era Domingo de Resurrección. Había que celebrar que Dios había vuelto a la vida.

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